Biciclown, un viaje por la vida (I)

En 2004, Alvaro Neil, Biciclown, emprendía un proyecto de viaje alrededor del mundo, MOSAW (Miles of Smiles Around the World), con fecha de inicio y un teórico final, 10 años después. Durante todo ese tiempo, mes a mes, en nuestra edición impresa de BIKE todos pudimos seguir el viaje por la vida de este asturiano.

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Biciclown, un viaje por la vida (I)
Biciclown, un viaje por la vida (I)

El viaje de Alvaro fue un diario de experiencias, de solidaridad y amistad que creó un fuerte vínculo entre todos los lectores de BIKE y el Biciclown, que cada mes acudía a su cita con la edición impresa desde los lugares más recónditos del mundo, y a veces con verdadera dificultad para hacernos llegar su particular diario de a bordo. En esta primera entrega os acercamos el primer año de un Biciclown todavía inexperto, pese a sus anteriores viajes en bici, ya que desde España se lanzó al continente africano, donde jamás había rodado con su bici, Kova (en honor a la virgen de Covadonga, patrona de Asturias).

Biciclown, un viaje por la vida

Hoy, Alvaro, de vuelta en Asturias, ofrece conferencias, ha seguido publicando libros, y puedes seguir todas sus actividades a través de la web www.biciclown.com, a la que te recomendamos hacer una visita para aprender más sobre este hombre que hizo un viaje por la vida.


HASTA PRONTO

El día señalado para el inicio de mi Vuelta al mundo en bici, ya aparecía impreso en la solapa del libro “Kilómetros de sonrisas", en el que narraba mis experiencias recorriendo Sudamérica con mi espectáculo de clown: 19 de noviembre de 2004. Pero por más que estuviera allí escrito, hay días que parecen no llegar nunca, pero cuando el calendario se detiene en ellos, uno quisiera desaparecer. Como si yo fuera un robot guiado por los códigos que sus programadores le habían instalado , acudí con la mente en blanco a mi cita de ese día, en la Plaza de la Catedral de Oviedo. Es posible que en ese nimbo mental en el que me encontraba influyese algo la sidra bebida la noche anterior en la cena de despedida con mis amigos, pero más bien era una abstracción mental necesaria para afrontar lo que tenía por delante.

En el lugar de la salida una gran pancarta, que aún no sé quién colocó, rezaba: “Cruza un puente de 8 años pero no construyas una casa sobre él". Varios medios de comunicación se dieron cita, pero sobre todo sus familiares y amigos, algunos venidos desde tan lejos como Burgos, Zaragoza, Pamplona, Madrid o Barcelona. Incluso una persona que conocí en mi proyecto anterior por Sudamérica se vino desde Nueva York para estar ese día en la salida. Como bien pude contuve la emoción de ver reunidos a tantos amigos de repente, e intercambié algunas palabras con ellos. ¿Cómo se despide uno cuando va a estar 8 años rodando por el mundo? Tal vez lo mejor sería decir “Hasta pronto".

Más que nunca quería dar la primera pedalada y salir de aquella vorágine de emociones para las que no estaba preparado. Todo el mundo me felicitaba y me deseaba lo mejor. Debe ser parecido a cuando te casas, aunque la novia no aparecía por ningún lado.

Acompañado de más de cincuenta ciclistas, algunos profesionales en activo como Samuel Sánchez de Euskaltel, y de muchos amigos, recorrí las calles de mi ciudad en las que durante el último año y medio había estado preparando el proyecto MOSAW: Miles Of Smiles Around the World. Durante ese tiempo fueron muchas las puertas de toqué y cientos las llamadas realizadas para buscar adhesiones al único proyecto de aventura y solidaridad iniciado nunca por un asturiano. La mayoría de las personas con las que hablé mostraron su compromiso conmigo, tan sólo hay incomprensibles excepciones, como el Ayuntamiento de mi ciudad, que decidieron quedar fuera de este proyecto mundial. Y es que un proyecto tan grande no cabe en mentes demasiados estrechas.

Pero fueron muchos más los que están enganchados a MOSAW, y con orgullo y agradecimiento puedo citarlos, advirtiendo que detrás de cada marca hay personas que dotan de un mayor contenido humano a este proyecto. Son: BH, Shimano, Bike-Tech, Continental, SKS-Germany, Wippermann, Cateye, Spiuk, DT Swiss, Tubus; Brooks, Sun Rims, Ciclos Fran, MSR, Thermarest, Suunto, Mountain Hardware, Tienda Oxígeno, Kampa, Petzl, Leatherman, Amigos de Ciclismo, Morés, Osso, Santiveri, Montecerrao; Bicimensajería La Luna, Saga, Treelogic y la revista BIKE.

Esta lista no está cerrada y queda abierta a nuevas incorporaciones de cualquier persona pública o privada que desee participar, porque este es un proyecto vivo. Y así, a la hora de escribir este artículo me encuentro camino a Sevilla para cambiar el cuadro de KOVA, mi bici, por uno especial fabricado en la República Checa por Fort y enviado por Bike-Tech. Pero eso pertenece a próximos capítulos que iré contando en esta revista, que me ofrece la oportunidad de transmitiros cada mes, los momentos, más intensos de esta Vuelta al Mundo recién comenzada.

Desde Fuente de Cantos (Badajoz), día 14 de viaje. Kilómetro 1.030, Alvaro Neil, Biciclown Paz y Bien.

CRUZAR EL ESTRECHO

Cuando alguien tiene una idea bien metida en la cabeza tienen que ocurrir cosas muy graves para renunciar a ella. La segunda jornada de mi vuelta al mundo me obligaba a subir el Puerto de Pajares que separa Asturias de León. La bici, con los cincuenta kilos de equipaje sin contar mi peso, cimbreaba demasiado. Fran, el mecánico que armó a Kova en Oviedo me dijo que el problema podría venir del cuadro: demasiado ligero para tanto peso. Era un cuadro de alta competición que amablemente BH me había donado para este proyecto.

Una vez consultado este punto con BH, solucionamos el problema. Ellos querían lo mejor para mi, y por eso no dudaron en permitir que buscara una solución rápidamente, incluso al margen de su colaboración. El problema es que conmigo estaban subiendo el puerto más de veinte personas a las que nos les podía decir: “Chicos me vuelo a Oviedo que tengo que buscar un nuevo cuadro para Kova". Debía resolverlo sobre la marcha. Afortunadamente no estaba solo. Entre las personas que habían venido conmigo a pedalear estaba Koos, el dueño de BikeTech en Barcelona. El es uno de los patrocinadores de mi proyecto y no dudó en llamar desde su móvil a una fábrica de la República Checa para encargar, ese mismo día, un cuadro en cromoly especialmente reforzado. El cuadro sería enviado a Sevilla directamente desde la fábrica Fort.

Varios amigos me acompañaron durante 11 días por la Ruta de la Plata. La intensa niebla que durante días no dejó ver el sol, era noticia en los Telediarios. No era la mejor época del año para atravesar España, pero me tenía que ir acostumbrando a sufrir todos los climas. Raro era el día que superábamos los 7 grados. La mejor calefacción era la energía generada por nuestras piernas, pero a las manos y al rostro no les llegaba ese calor. Para cuando el sol se dejó ver, mi sombra era la única que se dibujaba en la carretera. Mis amigos se habían vuelto a sus obligaciones laborales. Tampoco elegí buen momento para llegar a Sevilla. El puente de la Constitución y de la Inmaculada me hizo muy difícil encontrar una tienda de bicis abierta donde poder cambiar el cuadro de Kova.

La única solución parecía ser la América Mark II. En ella trabajaba Diego, que reparaba bicis y sobre todo estaba comenzando a fabricar cuadros. No tuvo ningún inconveniente en ayudarme a cambiar todas las piezas del nuevo cuadro. Su humildad y profesionalidad en su trabajo aquel largo fin de semana aun no me sobrecogen cuando lo recuerdo. Con las manos llenas de grasa y una mirada que no sabía decir no, me contaba además que su abuelo que el inventor de la Olla a presión, aunque luego Magefesa se apropió de la idea. De recuerdo le dejé a Diego el alma de la antigua Kova, para que pueda entrenar este año y ponerse de nuevo en forma. Quiere volver a competir en Trialsin, su pasión verdadera.

La nueva Kova pesa ahora 19 kilos pero es de una robustez incontestable, como pronto pude comprobar. Cuando el 8 de diciembre empujaba mi bici dentro de la bodega del barco que me llevaría a cruzar desde Algeciras a Ceuta, sabía que Europa estaba quedando ya lejos. África sería mi casa para los próximos dos años y un problema como el del cuadro sería de más difícil solución. Marruecos era una prueba de fuego para Kova, porque quería recorrer las montañas del Atlas, a pesar de estar nevadas.

Superando comentarios del tipo: “Por ahí no vas a poder pedalear con tanto peso", o “Hace mucho frío allí arriba", me adentré en las heladas cumbres y contemplé paisajes de una gran belleza. Al lado de valles semidesérticos, se elevan majestuosas las cimas de Marruecos. Pero pedalear por el Atlas en solitario y en invierno no es ninguna broma. Una tarde, cansado de bajarme de la bici una y otra vez para vadear el río que había destruido la pista, acabé rodando por el suelo. Una sombra traicionera ocultaba una placa de hielo sobre la que Kova poco pudo hacer. Afortunadamente llevaba el casco puesto y nada me ocurrió. A ella tampoco. La suerte estaba de mi lado, aunque no sé por cuanto tiempo más. Si algo me hubiera ocurrido hubieran pasado varios días hasta que alguien me hubiera encontrado. La Compañía Europea de Seguros, que da cobertura a este proyecto, debe estar contenta de saber que sigo pedaleando.

Con mínimos incidentes, salvo el de tener que empujar la bici por carreteras de más de 2.000 metros de altura y completamente nevadas, llegué a Marrakech a pasar la Navidad. Varios amigos han venido desde España para acompañarme estas fechas e incluso uno de ellos, Víctor, se ha animado a traer la bici para mi bautizo en el Sahara. Se irá en una semana, y me dejará solo de nuevo ante la frontera de Mauritania, el próximo país que pienso recorrer.

Desde Marrakech, día 47 de viaje, kilómetro 2.856 km. Paz y bien.

ESTA SERÁ MI CASA…

El 9 de diciembre abandonaba España rumbo a Marruecos a bordo del mismo barco que semanas más tardes transportaría a los participantes de rallye Barcelona-Dakar. Esa soleada mañana no solo dejaba atrás España, si no que todo un continente. África sería mi casa durante los próximos dos años, al menos, y no tenía intención de volver a pisar Europa hasta dentro de ocho años.

No había elegido, sin embargo, la mejor época para pedalear por Marruecos. La nieve cubría algunos de los pasos de montaña del Alto Atlas que tenía pensado recorrer, como el de Tizi-Tirherhouzine de 2.700 metros, La corta duración de los días era un inconveniente añadido, porque a las cinco de la tarde el sol comenzaba a ocultarse y no disponía de mucho tiempo para acampar. Pero para llegar a esa zona debía superar la región de Ketama, al Norte de Marruecos, cuya principal materia de producción es el hachís. Desafortunadamente para los que en la ruta detenían sus coches para ofrecerme el preciado manjar, éste no figuraba en mi dieta. Ante mi firma negativa a sus propuestas alguno llegó a decirme que: “¿para-qué-había-ido-allí?".

Una semana más tarde, en la pequeña villa de Tounfite, comenzaría la parte más dura de la travesía y al mismo tiempo la más bella, por discurrir por pistas de alta montaña muy poco transitadas. Uno siempre piensa que la subida es lo peor porque debe arrastrar todo el peso de la bici y el del equipaje. Pero en el caso de la ruta elegida de Tounfite a Anefgoyu, la bajada era mucho más complicada, porque la nieve de los días anteriores había dejado paso el barro y a los charcos. La crecida del río a consecuencia de las abundantes nevadas del invierno había borrado todo rastro de la pista, dejando incomunicado a los escasos pobladores de Anefgou. Al atardecer me encontraba aún buen lejos de mi destino adivinando la ruta que debía seguir, y vadeando una y otra vez al maldito río que se abría camino mejor que yo por él ensombrecido cañón.

A consecuencia del intenso frío, la nieve se había transformado en peligroso hielo que permanecía oculto por la sombra que las paredes de la montaña proyectaban en la pista. Una de esas placas de hielo me aguardaba pacientemente a la salida de una curva. Tal vez por el cansancio de más de seis horas de lucha o simplemente porque me tocaba, preferí dejarme rodar por el suelo antes que tratar de eludir mi inevitable contacto con el barro y las piedras. Mi primer pensamiento fue para Kova. Me levanté rápidamente y comprobé que la bici que yacía diez metros más atrás con la rueda delantera aún girando violentamente, no tenía nada serio. Las alforjas habían aguantado bien el envite y solo la Comandante Maxi había resultado herida. El alerón trasero de su motor izquierdo estaba roto, y hasta semanas más tarde no encontraría un carpintero que pudiera repararlo.

Cuando ya era de noche llegué a la casa forestal de Anefgou. Mi rostro estaba desencajado por el esfuerzo de aquella jornada y por la tensión de no saber si podría salir de aquel traicionero cañón en el que de ninguna manera podía plantar mi tienda. El guarda forestal no puso inconveniente en que pasara allí la noche, e incluso me calentó agua para que me pudiese duchar antes de cenar con él y con su hermano. Tras rezar un poco a Alá, ellos evidentemente, nos lavamos las manos en una palangana especial antes de desgastar en exquisito Tagin que habían preparado. Un plato de verduras y un poco de carne cocinado a fuego lento en unas ollas especiales de barro con forma piramidal.

Tras casi diez días de travesía por el Alto Atlas estaba deseando llegar a Marrakech para reencontrarme con los amigos que habían venido a pasar las Navidad para verme, y para disfrutar también del Hamman. Es el típico baño turco, mezcla de sauna jacuzzi en el que uno puede realmente relajarse y salir con la piel de un bebé. Con uno de esos amigos ascendí el dia 30 de diciembre la cumbre más alta de Marruecos, el Toubkal de 4.100 metros, y continué rumbo al Sur. El desierto del Sahara me aguardaba con un paisaje totalmente diferente al que había visto hasta ahora entonces en ese país. Las noches pasadas en medio de la nada con el único ruido de mi hornillo anunciando un inminente arroz con verduras, quedarán por mucho tiempo en mi recuerdo. Al igual que la hospitalidad de los saharauis, siempre dispuestos a acogerte cuando el fuerte viento del Sahara hace volar la arena impidiendo la visibilidad.

Una tormenta de arena barría la carretera que en línea recta enlazaba los últimos 300 kilómetros desde Dakhla a la frontera con Mauritania. Esa parte de Marruecos debía transitarse tradicionalmente en un convoy militar que partía los martes y los viernes de Dakhla. Era debido a que la zona estaba plagada de minas por los conflictos con el Frente Polisario. Aunque dicen que ya no hay minas y no es preciso por ello el convoy, mi autonomía de pedaleo no supera aún los 100 kilómetros por día y la suerte se puso de mi lado cuando un suizo que viajaba solo en Land Rover por África me ofreció una taza de café a la salida de Dakhla. Con él entré en la República islámica de Mauritania, donde beber cerveza es tan difícil como pretender pasar sus múltiples controles sin que se queden con algo de tu propiedad.

Desde el oasis de Azogui, Mauritania, día 73, kilómetro 3.982. Paz y Bien,

30.000 CAMELLOS Y UN CLOWN

Una persona en el foro me había puesto sobre la pista: “Hay un Chinguetti una Fundación a la que tal vez pueda interesarle tu espectáculo". No era mi intención ir a Chinguetti, una ciudad en pleno desierto de la Mauritania, pero alguien había colocado un cebo en la web y yo lo había mordido. Chinguetti es una de las ciudades santas del Islam y su importancia histórica es debida a su situación geográfica. En medio del desierto, era un perfecto punto de avituallamiento de las caravanas que antiguamente cruzaban por aquí. Dicen que en un día se llegaron a contabilizar más de 30.000 camellos en la ciudad.

La única ruta de acceso a Chinguetti parte de Atar, y es una pista que salva nada más empezar un desnivel de 550 metros con un corto “puertecito" de rampas del 17%. La arena es consistente y excepción de algunos baches, permite pedalear hasta justo la entrada de la ciudad. Allí la arena se abraza con pasión a las ruedas de la bici y obliga a empujar la máquina bajo 30ºC y la curiosa mirada de los comerciantes.

Comenzaba a atardecer cuando un coche que venía por la pista aminoró la marcha para situarse a mi lado. Tras las preguntas de rigor sobre si necesitaba algo, el hombre que conducía, un mauritano que vestía el tradicional bubuu me invitó a alojarme en su Albergue. Sospeché que luego me quería cobrar, porque al fin y al cabo vivía de ello, pero él insistía en que yo era su invitado. Al segundo día de estar alojado en su Albergue, no pude resistirme más y le pregunté por qué lo había hecho, si en realidad era su negocio y no me conocía de nada: “yo soy mauritano, y tú estás viniendo en bicicleta a conocer mi ciudad, y tu esfuerzo de pedalear bajo este sol y con la arena merece todo mi respeto y admiración. Como mauritano me siento orgulloso de acogerte aquí".

Con esos antecedentes me dirigí al Hospital de Chinguetti, que estaba efectivamente a cargo de una Fundación del mismo nombre y a cuyo frente se encontraba una española, Beatriz. Uno de los encantos de Chinguetti es que sólo tiene luz eléctrica dos horas al día, lo que permite disfrutar de las estrellas en pleno desierto. Para Beatriz aquello tenía poco de romántico, porque operar con linternas no es lo más aconsejable. Le conté mi proyecto y mi proposición de actuar en Chinguetti, y enseguida dio con la persona que nos podía ayudar a movilizar a la gente más humilde. Una hora más tarde estábamos en casa de Ashisa, disfrutando del ceremonial té y discutiendo detalles de la organización. Era mejor que me quedara unos días mas en Chinguetti para poder avisar a suficiente gente, porque nunca antes había habido un espectáculo de “clown" en esa ciudad.

Ya en la calle, y una vez acordado el día y la hora para el espectáculo, tendí mi mano a Ashisa para darle las gracias, pero se apartó violentamente. Beatriz me miro reprochándome el gesto. Como me explicó más tarde, un hombre no debe tocar a las mujeres mauritanas en público.

Mi preocupación era en cómo encajaría mi espectáculo de “clown" en una cultura diferente, con valores tan radicalmente opuestos a los que hasta entonces conocía. Y uno de estos valores distinto a los europeos era la noción del tiempo. El día y la hora acordados para el espectáculo no había nada preparado. Ashisa, con asombrosa tranquilidad, me decía que no pasaba nada y que lo hiciera otro día. Me era difícil explicarle, y además en francés, que llevaba dos días en Chinguetti tan solo para preparar el espectáculo y que aquello no era tan difícil de organizar. A regañadientes buscó una alfombra para colocar sobre la arena del desierto y una pequeña mesa en la que dejar mis artilugios de magia. Yo me fui a vestir y a buscar algunas risas, porque la mía se había borrado al ver la falta de colaboración. El primer espectáculo no podía empezar peor.

Al salir a la arena contabilicé diez niños jugando al fútbol. En esos momentos debía tratar de dejar mi mente en blanco. Es lo más parecido a empezar a subir un puerto de montaña, como por ejemplo el de Tourmalet, y empezar a mirar para arriba o al reloj. Es un error fatal. Comencé el espectáculo un tanto desanimado, pero poco a poco fueron acercándose las personas situándose por grupos: los niños en un lado, las niñas en otro, hombres aquí y mujeres allí. Evidentemente, no podía hablar porque no conocía el árabe, por lo que además era mi primer espectáculo sin palabras. Fue todo un reto hacerlo, y una gran alegría comprobar cómo al terminar había más de 150 personas que me aplaudían y seguían hasta la casa en donde me había cambiado para ver si iba a hacer algo más.

Cuando al día siguiente abandoné Chinguetti rumbo a Senegal, la arena del desierto parecía que no pegaba tanto a las ruedas de la bici y que hasta el viento soplaba a mis espaldas.

Desde Dakar, día 94, kilómetro 4.985, Paz y Bien

LA VERDADERA FRONTERA

El río Senegal no servía solamente para dar nombre a un país. Era también un obstáculo natural en mi camino hacia Dakar. Por haber elegido una ruta muy poco frecuente por turistas, me encontraba en Bogue buscando un funcionario mauritano que estampara en mi pasaporte el sello de salida. De no existir el río tal vez me hubiese arriesgado a entrar a Senegal sin el maldito sello, pero aunque estaba solo a 75 metros, ese país no estaba a mi alcance del momento. El puesto fronterizo mauritano era una caseta provista de una especie de cama, una mesa, una silla y cientos de moscas que se alegraron de mi llegada. Un hombre de unos 60 años dormitaba sobre la mesa con su cara apoyada en el libro registro de salida. Un poco por señas y otro poco en francés me dijo que el policía encargado no tardaría en llegar.

Eran las doce del mediodía y el calor no permitía estar en el exterior y dentro no había sitio para mí. Me fui a recorrer el mercado para convertir mis últimas monedas mauritanas en provisiones. Cuando regresé una hora más tarde, el viejo yacía en la cama. Las moscas que revoloteaban sobre él, saltaron de su cara a la mía. Con pocas ganas sacó su teléfono y llamó al policía. Este le explicó a gritos que los turistas no podían cruzar por ahí, y que tenía que ir al puesto fronterizo de Rosso unos doscientos kilómetros en dirección oeste. No estaba dispuesto a dejarme vencer. Además, la ruta hasta Rosso era un camino con mucha arena y en parte intransitable. Así que me fui a buscar al policía. De nuevo me encontraba recorriendo las calles de arena de Bogue para regocijo de los vendedores callejeros. Yo estaba siendo su atracción de aquel día. Ya hacía más de dos horas que había llegado y empezaba a pensar que me tenía que ir a Rosso.

En la comisaría del pueblo había 4 policías, pero no estaba el responsable de fronteras. Les expliqué mi necesidad de cruzar por ahí y a la vista de su atención y comprensión, aproveché para remarcar el buen momento por el que pasaban las relaciones entre la República Islámica de Mauritania y el estado Español. No era bueno por lo tanto para su país iniciar un conflicto diplomático por tan banal cuestión de un sello en mi pasaporte. A pesar de la estúpida argumentación, pareció surtir efecto y el que tenía más galones en la camisa llamó a su compañero por teléfono.

No sé lo que le dijo en árabe, pero al colgar me sonrió y me pidió por favor que esperara en el puesto fronterizo porque ahora mismo iría el responsable. Salí de la comisaría pensando que había agotado mi última posibilidad, y que siendo como eran las 4 de la tarde podía ir pensando en salir de aquí para acampar y olvidarme de cruzar Senegal. Casi al mismo tiempo que yo llegó el policía y se bajó del coche sonriendo. Me estrechó la mano y me invitó a entrar a la caseta. El viejo salió de allí, no sin antes entregarle un buen fajo de billetes al policía.

“¿Quieres cruzar a Senegal?", me preguntó.

“ Si me gustaría pero no se como atravesar el río".

“¿Cuánto dinero tienes para cruzar?".

Le mostré mi cartera y él mismo eligió un billete por valor de medio euro.

“No te preocupes, vete con la bici a la orilla del río y súbela a la canoa que ahora te cruzan", me explicó.

Cogió mi pasaporte y puso en una de las últimas hojas el sello de salida. Le di la mano y las gracias y me bajé al río para cruzar. Cuando contemplé desde el otro lado del río la caseta, el policía me saludaba con la mano. Fui a ver a su compañero senegalés en funciones y en poco tiempo me estampó el sello. Estaba por fin en Senegal, pero no tenía ni idea de cómo llegar hasta la carretera. Por lo visto, el camino que debía seguir no estaba marcado y se cortaba en dos ocasiones por el río. Un chico con caballo y una carreta me dijo que le siguiera. Durante una hora y media le seguí por aquellos caminos en los que si yo estuviera solo ya me hubiera perdido.

Para cruzar el río colocaba la parte central de la carreta en la piragua de un metro de ancho y el caballo lo pasaba nadando. Después venía con la piragua a buscarme para atravesar con la bici. Y así, dos veces. Al llegar a su casa me dió un poco de agua y me cambió el poco dinero que me quedaba de Mauritania en la moneda de Senegal. En total, disponía de no más de tres euros para llegar hasta la próxima ciudad en la que pudiese cambiar dinero. Tardaría tres días en llegar. Con el sol ya en retirada encontré lo que parecía un buen lugar para acampar y monté la tienda.

Aún me costaba creer que estaba en Senegal y que había salido de Mauritania. A la mañana siguiente desayuné con la desagradable noticia de que las dos ruedas de la bici estaban pinchadas. Sin haberme dado cuenta había pasado por una zona llena de pinchos y más de 30 espinas estaban clavadas en cada rueda. Busqué una sombra para sacarlas con las pinzas. Solo 4 espinas habían atravesado el duro caucho de protección de mis Continental (¡Gracias Joerg!). Podía estar contento, Senegal me traería también otras buenas noticias días más tarde.

Desde Bamako, día 126, kilómetro 7.168, Paz y Bien

DESDE MI BROOKS

Cuando preparé el proyecto MOSAW y lo presenté a los patrocinadores, Tuve que determinar cuántos kilómetros iba a rodar en 8 años para solicitar los repuestos precisos. Entonces no sabía exactamente si la dureza del terreno afectaría gravemente al material elegido. Hoy, el cuentakilómetros de la bici está próximo a marcar 9.000 km y es momento de hacer un balance de evolución del material.

El alma de la bicicleta es sin duda el cuadro. Tras las dificultades con la primera opción elegida, el cuadro de Cromoly que la casa Fort me envió directamente de la República Checa a Sevilla para sustituir el que yo tenía de BH es mucho más fiable. A pesar de los más de 50 kilos de peso de las alforjas y el agua extra, no se retuerce en absoluto. Pesa unos dos kilos, pero gracias al ser de acero puedes soldarlo en cualquier lugar, lo que no ocurriría con el aluminio. No he rodado solo por asfalto sino que al menos una tercera parte del recorrido hasta ahora ha discurrido por pistas y caminos de arena, barro, piedras y hasta nieve. El cuadro no muestra en absoluto síntomas de fatiga, a diferencia del que la lleva. A estas alturas he terminado con la reserva de antibióticos para la fiebre.

En todo este periodo, cinco meses, solamente he empleado un juego de neumáticos Continental. Son el modelo Travel Contact y su agarre en todos los terrenos y su fuerte resistencia son una garantía para continuar usándolos. De repuesto llevo otro modelo Town and Country que sustituyo por el trasero cuando he de rodar varios días seguidos por malas pistas, como me ocurrió en las montañas de Fouta Djalon con Guinea. Coincidiendo en la entrada de Níger he decidido sustituir los neumáticos por un juego nuevo que la mensajería de Oviedo Toursa me ha hecho llegar. Convenientemente camuflado en el paquete venían también un par de sobres de jamón ibérico que me han ayudado considerablemente a cambiar los neumáticos… afortunadamente los musulmanes no aprueban el cerdo, con lo que el resto de la humanidad tocamos a más.

La cadena es otra pieza importantísima de la bici, porque es la que traduce el esfuerzo de mis piernas en metros avanzados. Lo que más me gusta de esta cadena es que dispone de un eslabón de apertura fácil que permite quitarla sin necesidad de tronchacadenas. Así resulta mucho menos engorroso limpiar la cadena. Y debido a las condiciones del terreno hay que hacerlo muchas más veces de las que a uno le gustaría. El aceite ayuda a eliminar la pequeña orquesta en que a veces se convierte la bici, pero para una verdadera utilidad hay que limpiar bien primero en la cadena. Yo llevo un spray lubricante con el que accedo mejor a recónditos lugares de la bici que con el tradicional aceite de bote sería imposible. Se terminó eso de que el bote de aceite se abra y te manche todo lo que tienes en las alforjas.

Pero lo más increíble de todo es que aún no he escuchado el seco ruido metálico que anuncia la rotura de un radio. Las llantas son unas Sun rims del modelo ZJ18. Fueron radiadas en Madrid por DT Swiss. Entonces ya me aviso el montador, Juan Carlos, que haría muchos kilómetros sin romper un radio, pero no me esperaba tanto. Los golpes sufridos por las ruedas y el exceso de peso me hacían temer muchas veces lo peor. Sin embargo ni siquiera las ruedas se han descentrado lo más mínimo. A los 6.000 km decidí abrir los dos ejes Shimano XT. Ambos tenían aún buena grasa y las pistas de rodamiento no tenían marca alguna de rozamiento. Sustituí la grasa por una nueva también de Shimano y los volví a instalar. Las parrillas Tubus y las alforjas Ortlieb están dando el resultado esperado: cero problemas.

Como digo son casi 9.000 km rodados y siempre sentado en el mismo trozo de cuero. El asiento Brooks cada día es más confortable y no he tenido un solo problema de rozaduras. Sin duda ha sido una buena opción, lo mismo que el manillar multiposición que me permite variar la postura de las manos en las no siempre interesantes rutas de África.

Desde Niamey, capital de Níger, día 160, kilómetro 8.819, Paz y Bien,

FOUTA DJALON I

La única mancha marrón de cierta importancia que figura en mi mapa de la costa Oeste de África, se extiende sobre Guinea_Conakry. Ese color sirve para identificar las montañas de Fouta Djalon. Habían pasado ya varios meses desde que dejé las estribaciones nevadas del alto Atlas en Marruecos. En largo tiempo de travesía del desierto rodeado de dunas me hacía añorar las montañas. Fouta Djalon sería mi desquite.

En Senegal debía tramitar el visado para Guinea. El encargado de asuntos consulares de la Embajada de España en Dakar me quitó la idea de la cabeza rápidamente: "Acabo de llegar de la capital, Conakry, y al país le falta poco para salir en el Telediario por causa de la revuelta social interna. Si entras a Guinea corres un grave riesgo". Pero semanas más tarde, en Banjul, la capital de Gambia encontré unos españoles que acababan de venir de Guinea_Conakry: "Chico", me decía uno de ellos, "yo no veo que haya ningún peligro en el país, es de lo más tranquilo".

Al igual que me había ocurrido años antes cuando decidí entrar a Colombia, Las informaciones sobre la situación del país eran contradictorias y me tocaba a mí decidir. Tras consultarlo con mi equipo, la comandante Maxi y Kova, decidí entrar a Guinea para pedalear por la sugerente mancha marrón de mi mapa. Era Marzo, la época de las naranjas, y en el aire se respiraba un dulce aroma que pronto me hizo olvidar la posible revuelta interna del país. Si es que había algún peligro no eran los pueblos por los que yo pedaleé.

La villa de Koundara marcaba el inicio de la pista de tierra roja durante casi 400 km atravesaba de Norte a Sur la famosa cadena montañosa. La mañana que llegué había mucha actividad en sus calles de arena, pues era día de mercado. Callejeando entre los puestos de los vendedores me encontré con un blanco y le pregunté sobre la pista que me tocaba recorrer por si conocía la zona. Llevaba dos años allí trabajando de voluntario para una organización de su país, Estados Unidos. El pueblo en el que vivía, Youkounkoun, era el primero de una pista que discurría paralela a la ruta más transitada que yo me había propuesto recorrer. Ryan me ofreció quedarme esa noche en su casa de Youkounkoun. Eso implicaba atravesar Fouta Djalon por un camino en el que no habría prácticamente vehículos y que pasaban mucho más cerca del Macizo de Tamgue que la pista normal.

Segunda reunión en un mes con la comandante Maxi y Kiva, y nuevo cambio de planes. Iría a Koundara a Labe por la pista secundaria, aunque eso me iba a suponer en teoría otro día más de viaje. Al final fueron tres jornadas más, pues la extrema dureza del recorrido no me permitió hacer etapas de más allá de los 50 km. Y para ello me pasaba casi todo el día encima del sillín tratando de avanzar. El propio Ryan tenía curiosidad por conocer el camino hacia Labe. Para los desplazamientos cortos su organización le había facilitado una mountain bike. Acoplo a su bici un bidón para transportar 5 litros de agua, una hamaca y cuatro utensilios personales, y se vino conmigo a la mañana siguiente. A pesar de que mi bici pesaba 45 kilos más que la suya, en cuanto llegaron las primeras rampas comprobé que mi forma física era superior a la suya. No en vano llevaba ya cuatro meses de entrenamiento.

A medida que nos íbamos adentrando en las montañas cada vez era menos frecuente cruzarnos con un coche. Por fortuna, encontramos justo cuando llegábamos a un cruce de caminos, un nativo que se desplazaba en algo así como una bici y eso nos permitió tomar la ruta correcta. Ellos utilizaban bicis de rueda 700, en la mayoría de los casos sin frenos y sin pedales, y con unos portabultos de fabricación casera capaces de soportar más de 50 kilos. Nosotros, con nuestras bicis de montaña con 24 velocidades, apenas podíamos seguir el ritmo de esas personas que sabían perfectamente donde la tierra era dura, y donde se escondía una trampa de arena que obligaba a echar pie a tierra y a empujar la bici. Ryan se volvió al segundo día de salir de Koundara.

El camino era mucho más duro de lo que había imaginado y un 30 % del tiempo lo pasábamos arrastrando las bicis por la arena. Lo que no sabía Ryan es que lo que quedaba por delante era mucho más exigente. Así lo escribía yo ese día en el Diario de Viajes: " Al poco de retirarse Ryan, la pista se vuelve mucho más empinada y con cientos de piedras sueltas que me hacen difícil pedalear. El cuentakilómetros marca una velocidad de 4 km/h y, más que rodar lo que hago son equilibrios. Con frecuencia la rueda trasera no encuentra una superficie dura a la que agarrarse y gira locamente en el aire. Mi velocidad desciende a 0 km/h y debo sacar rápidamente el pie del rastral para no caerme. Menos mal que los llevo flojos. No puedo ponerme de pie para pedalear porque la rueda trasera pierde toda la tracción.

Durante las más de dos horas de ascensión no encuentro nadie a quien preguntarle cuánto falta para llegar al próximo pueblo y sobre todo si en él hay agua. Solo me queda una botella medio llena. Tengo la ropa totalmente empapada y por mis antebrazos se desliza el sudor que cae en la gomaespuma del manillar y lo convierte en algo resbaladizo, algo inestable a lo que agarrarse. Las moscas lo tienen fácil para posarse en mi cara y recorrer mis labios, pero no puedo soltar una mano para espantarlas porque me caería automáticamente. Para defenderme debo mover la cabeza como si dijera NO. Visto de lejos, mi pedaleo en esas circunstancias debe dar risa. Un esfuerzo que aparentemente es inútil. Pero cada metro que recuerdo me acerca más a mi destino ese día: el pueblo de Koura".

NARANJAS AFRICANAS

El sol está de retirada cuando llego al pueblo. En realidad no son más que siete casas de adobe y techo de paja, y un pequeño comercio que vende sardinas, arroz y galletas caducadas. Me voy directo a la bomba de agua para beber y darme un baño, pero lleva estropeada una semana. El único lugar donde me puedo abastecer es un estanque en el que la ranas practican la natación y que se halla a veinte minutos de caminata del pueblo. Dejo la bici en una casa y acompañado de quince niños me voy a buscar el estanque. Saco agua para ducharme y cocinar, pero al ver las moscas flotando decido que realmente no tengo tanta sed como pensaba y me abstengo de beber para preservar mi salud.

Algunos niños se van corriendo al verme llegar, y pronto en todo el pueblo saben que ha llegado un extranjero. El director de la escuela viene a verme y me ofrece un cuarto en su casa para dormir. Le pregunto si es normal que los niños corran cuando me ven y me dice que para algunos es la primera vez que ven un blanco. Me cuesta creerle, pero añade que el camino que yo he tomado para llegar a Labe no lo utilizan más que los propios habitantes de la zona, y que como no tienen televisión, es difícil para algunos niños de 3 y 4 años conocer un blanco.

Me ducho detrás de una cerca que sirve también de urinario, y que me protege de las miradas de los curiosos. Las mujeres de la casa cocinan varios platos que el director de la escuela me ofrece. Los hombres comemos mientras los niños miran. Hay mucha comida, pero no es toda para nosotros. Cuando estamos saciados de un plato se lo entregan a los niños que en cuclillas lo devoran con las manos. Es la costumbre aquí.

Para esta noche creo que me he librado de montar la tienda, pero al irme a dormir descubro un par de ratas corriendo sobre el colchón y no dudo en montarla aunque sea dentro de la habitación. Espero que mi anfitrión no entre, porque no sé cómo se lo podría explicar. A la mañana siguiente me despido de toda la familia que vive en la casa, más de veinte personas. Recorro cinco metros y doy marcha atrás. La rueda delantera tiene un pinchazo. El padre de familia y director de la escuela se excusa, pues tiene que partir al trabajo. Arranca la moto y se va tras consolarme por tener que arreglar el pinchazo. Al poco rato le veo que vuelve caminando. El también ha pinchado.

El calor seguía siendo agobiante y las moscas continuaban acompañándome en cuanto el sudor recorría mi rostro. La recompensa del sufrimiento del día anterior, en que gran parte de la ascensión la pasé empujando la bici, estaba próxima. Me encontraba en medio de un valle rodeado de grandes rocas negras que parecían surgir dentro de una exuberante vegetación. A la vera del camino, las mujeres aguardaban con su cargamento de naranjas a que pasase el camión-bus que las trasladaría hasta el pueblo de Malí. Algunas de esas naranjas nunca llegarían a Malí porque me las regalaban para endulzar mi camino.

Cuando al dar una curva vi los primeros tejados de chapa metálica de Malí, pensé que lo peor ya había pasado. Era día de mercado y aproveché para comer algo de verdura y pan fresco. La dieta a base de galletas caducadas y arroz tocaba a su fin. Por las calles de Malí deambulaba un curioso personaje. Era un preso, que tenía las manos encadenadas y que pedía comida a las personas que se encontraba. Me parecía estar presenciando una película de la época de las colonias.

Salí del pueblo y disfrute de una buena pista, ¡¡por fin!!, dura y sin demasiadas piedras en la que podía circular a 15 km/h. La mayoría de las personas iban caminando al mercado y en su cabeza portaban todas sus mercancías. Las nubes me defienden un poco del sol y siento que estoy en el corazón de Fouta Djalon. En dos días más de travesía estaba en Labe y volví a rodar por asfalto. Labe es el centro de abastecimiento de toda la zona y su mercado uno de los más animados.

Me quedé un día para reponer fuerzas y sacarle a Kova toda la suciedad acumulada y engrasar de nuevo la cadena. Ella también necesitaba descansar porque la travesía ha sido mucho más exigente de lo que yo le había dicho. Si algún riesgo de crisis política o social podía producirse en Guinea-Conakry, el país de las naranjas, estaba lejos de llegar a Fouta Djalon, Las montañas más dulces de esa parte del continente africano.

Desde Labe, día 101, kilómetro 5.135, Paz y Bien

¿TENGO SED?

Para recorrer el Norte de Malí en la estación seca no hace falta reloj. El omnipresente sol es el que marca cada jornada de pedaleo. Salir del saco aún a oscuras y recoger la tienda con la luz del frontal, es lo que toca a las cinco de la mañana. Ni pensar en calentar agua para desayunar. No se puede perder un minuto en esas horas del día en las que tan solo hay 25 grados. En una semana espero llegar a Gao, para entrar a Níger siguiendo el curso del río de su mismo nombre. Aunque dicen que nos lleva demasiada agua. La escasez de lluvias el año pasado sitúa a Níger ante una nueva hambruna. Curiosamente se ven, sin embargo, animales, una especie de vacas, rebuscando hierbajos entre la arena del Sahel. Casi toda la carne que se consume en Malí procede de estas tierras que ahora recorro.

Son aún las diez de la mañana y mi termómetro indica 37 grados. Hasta las cuatro de la tarde seguiría subiendo. Hago un esfuerzo por pedalear una hora más, y cubrir así unos 70 ó 75 km. De esa forma por la tarde solo tendré que pedalear hora y media antes de buscar donde plantar la tienda. El entorno tampoco sugiere una parada. No hay una sombra en la que meter la cabeza.

Gracias al turbante que compré en Marruecos y en el que envuelvo toda la cara consumo menos agua. He visto que el reseco aire convierta mi boca en un estropajo viejo. También tengo otro truco para beber menos. Consiste en chupar el hueso de un dátil. De esa forma voy segregando automáticamente saliva evitando la sequedad de la boca. Pero a pesar de esos inventos me estoy quedando sin agua. Tan solo me resta una botella de litro y medio para lo que queda de día. Y me han dicho que hoy debo pasar cerca de un pozo de agua al que los pastores llevan a beber a los animales. Es el pozo de Tassidjilak. El sol está apretando muy fuerte cuando creo verlo. Está a medio kilómetro de la carretera. Con los prismáticos puedo contar más de cien cabras, cincuenta camellos y una veintena de personas.

Todos están alrededor de un enorme agujero realizado en la arena. Apoyo la bici en un arbusto que da menos sombra que mi propia bicicleta y saco la lona de plástico que acostumbro a colocar debajo de la tienda. Antes de salir de España le hice unas mínimas reformas con mi amigo Hugo para que me sirviera también de toldo para proporcionarme sombra. Utilizando una de las varillas curvas de la propia tienda consigo una estructura estable que me permite esconderme del sol. Tras instalar el chiringuito, me voy hacia el pozo con las botellas de agua vacías. La experiencia me dice que no debo beberme aún todo el agua que me queda. Ganas no me faltan.

Cuando llego al pozo los hombres se acercan y me piden por señas dinero. Ya lo veo como algo normal. Soy posiblemente el único blanco que se ha detenido en los últimos meses en ese pozo al que ellos acuden frecuentemente Y deben intentarlo. La población más cercana es Hombori Y se encuentra a casi 200 km. Le pido a uno un palo que debe utilizar para controlar el rebaño y se asusta. Piensa que voy a golpearle con él. Cuando venzo su reticencia me lo colocó en la frente y lo sostengo en equilibrio. Todo se ríen y uno de ellos hace incorporarse un camello. De la silla una cuerda larga termina en un enorme trozo de cuero con forma de vasija. Lo tiran dentro del agujero y se escucha un sonido seco. Como un estallido. Es el choque violento del cuero con el agua. Esta debe estar a mucha profundidad. Jalan varias veces de la cuerda para llenar el cuero y obligan al camello a alejarse. La cuerda de esparto comienza a tensarse y en dos minutos el cuero con más de 20 litros de agua sale chorreando a la superficie. El agua tiene un color amarillento, y un fuerte y desagradable olor.

Soy el primero al que le ofrecen, y hago como que bebo pero tan solo mojo los labios. De repente la sed que me mataba ya no es tanta. No puedo sin embargo rehusar a que me llenen las botellas. Tras hacer malabares con tres zapatillas que me dejan me voy en busca de mi sombra.

Tanto deseé llegar al pozo y resulta que el agua es imbebible. No quiero siquiera perder el tiempo purificándola, porque temo sería inútil y me siento a esperar que el sol continúe su recorrido. Por error o por curiosidad miro el termómetro y marca 49 grados. A la sombra. No tengo energía ni para leer, ni escribir el diario, ni para hacer otra cosa que no sea olvidar la sed que tengo. A las cuatro de la tarde levanto el campamento y vuelvo al asfalto semiderretido. Ya solo hace 42 grados y bajando.

Hasta mañana no llegaré a un pueblo con agua y con el medio litro que me queda no llegaría muy lejos. Decido parar un coche y pedirle agua. Pero no es una carretera muy frecuentada y pasan veinte minutos hasta que me cruzo con el primer vehículo. Le hago señas de que se detenga pero continúa su marcha. Al segundo intento tengo más suerte. Es un blanco que trabaja en una ONG y lleva agua suficiente. Salvado por los pelos.

Pedaleo un poco más y acampo. Es impresionante el silencio que acompaña el atardecer. Un par de camellos se acercan hasta la tienda pero se asustan cuando me ven y se van corriendo con un trote cómico. Tras prepararme un poco de arroz, me quedo fuera de la tienda contemplando el cielo repleto de estrellas. Pienso en las personas que vi en el pozo y en sus rostros curtidos por el sol. Ellos beben un agua que les sabe a gloria y que mi organismo no toleraría. En África la vida no es fácil para un blanco en bicicleta.

Desde Yaundé, día 235, kilómetro 11.691, Paz y Bien

A SEIS EUROS LA FOTO

Namibia es por su extensión un gran país, que alberga uno de los desiertos más antiguos del mundo. Pero tanta belleza natural tenía un inconveniente. De la noche al día me vi transportado a Europa, sin haber salido siquiera del continente africano, sin tan siquiera haberme lo imaginado, y, lo que es peor, sin estar en absoluto preparado para ello. Debido al incidente de la frontera donde tuve que abrir una a una todas las alforjas, oscurecía en la zona del Kaokoland y aún no había encontrado donde plantar la tienda.

De repente, un cartel de madera, perfectamente tallado, señalizaba un camping a unos diez kilómetros. Aunque hacía tiempo me había borrado de la lista de usuarios de los campings, decidí probar suerte, más que nada porque no tenía muchas más opciones. El camino estaba rodeado de impenetrable selva y los monos eran los reyes del lugar. Pero de haber pagado los seis euros que me pedían por plantar mi tienda mi conciencia me hubiera impedido conciliar el sueño. Así que tras cargar agua me dirigí a la salida. El valle ya estaba en sombra y no tenía muchas fuerzas para pedalear la última cuesta de la tarde, así que empujé la bici con poca convicción mientras abajo la caseta de recepción del camping se iba diluyendo entre los matorrales.

La única noche que recuerdo que utilicé un camping en Namibia lo pagué gracias al fotogénico perfil de Kova, mi bici, y la cautivadora sonrisa de la Comandante Maxi. Fue cerca de los dibujos grabados en la rocas de Twelfontein. Arrastrando la bici por la arena, y escondido tras el turbante del azote del viento, llegué al camping poco antes del atardecer. Apoyé a Kova cerca de la barra de la cafetería. La lectura del precio de la Coca-Cola tuvo el mágico efecto de quitarme la sed, y me senté a esperar acontecimientos. Cuando llevas viajando mucho tiempo, aprendes a aguardar lo que el destino te tiene preparado y a no mover ficha.

Esa tarde el destino venía dentro de un 4x4. Eran turistas italianos que tenían un ajustado plan de visita a Namibia. En quince días debían recorrer casi tantos kilómetros como en el París-Dakar. De uno de los coches salió una chica que quedó cautivada por la silueta de Kova en mitad del desierto, acodada en la barra del bar como esperando su Martini. Sin reparar en mí, sentado a tan sólo medio metro de la modelo, la chica sacó la cámara y se dispuso iniciar la sesión fotográfica.

“Por favor" le dije, “no me gusta que le hagan fotos a mi bici".

“¿Por qué?, me preguntó bajando la cámara hacia el suelo.

“Porque no es un animal, si quieres una foto debes pagar", le repuse para quitármela de enmedio.

Mi sorpresa es que aquello le debió provocar más interés, y me preguntó cuánto tenía que pagar por hacer una foto.

“Diez euros", le repuse, pues era el precio que me pedían en el camping por dormir.

La chica se lo pensó cinco minutos, y al rato volvió, tomó la foto y me entregó un billete. Los modelos Kova y Maxi me financiaron aquella noche en el camping. Pero esta vez no había turistas ávidos de llevarse en sus vacaciones recuerdos fotográficos, así que el destino me obligaba a recorrer los últimos kilómetros con el sol ocultándose al fondo del valle. Un magnífico atardecer fue mi compañía, mientras montaba la tienda al tiempo que buscaba leña con la que encender un fuego que espantara a los monos.

La mayoría de los días que rodé por las carreteras secundarias de grava de Namibia no me cruzaba con más de cinco coches. Generalmente coches de alquiler, conducidos por turistas, alemanes en su mayoría, que visitaban durante quince días el país. Yo tardé más de dos meses en hacerlo, en parte porque en su capital Windhoek, me esperaban refuerzos. El amigo que me vino a visitar a Bamako, Mali, volvería a verme en Windhoek. Por una semana aparqué la bici y me dediqué a recorrer en el Porto otros lugares a los que en bici es difícil llegar, como Sossusvlei, una hermosa zona de dunas en el Desierto de Namib.

Contemplar la salida del sol desde la famosa duna 45 es un espectáculo que te hace sentir mucho más cerca de la naturaleza. Allí, sentado sobre la fría arena a las seis de la mañana, la vida comienza y te parece que formas parte de ese reloj biológico del Universo. Pero la visita del Portu duró poco y pronto volví a subirme a Kova para acercarme a otra hermosa zona: El Cañón del Río Fish, en la frontera con Sudáfrica. Mi intención era recorrer estos parajes antes de que terminara el año, para celebrar el 2006 en algún lugar de Sudáfrica, con la compañía de quienes han sido mis fieles guardianes cada noche: las estrellas.

Desde Tses, día 397, 17.583 km. Paz y Bien,

WELCOME TO NAMIBIA…

"¿Y en esa qué llevas?"

“ Aparentemente son cebollas, pero en realidad es otra cosa ", les dije mordiendo el rabo de la cebolla. La lancé lejos al tiempo que me tapaba los oídos, como si fuera una granada a punto de explotar. Lo que más me molestó fue que ni siquiera se rieran. Miraron como la cebolla rebotaba en el suelo, a una decena de metros, y se limitaron a mirarse unos a otros encogiendo los hombros.

En ninguno de los más de treinta países que llevo recorridos en bici en toda mi vida, nunca me había visto obligado a mostrar el contenido de mis alforjas. Pero en la Frontera de Angola con Namibia, en Ruacana, si suerte cambió. Parece que en esa zona hay mucho contrabando de diamantes, y aquella mañana yo debía tener pinta de traficante. A pleno sol, y en mitad de la carretera, fui desarmando una a una todas las siete alforjas de la bici, para que comprobaran lo que hacía una hora y media les había dicho.

"No tengo nada sospechoso en el interior".

Al final la operación: "SE BUSCAN DIAMANTES", me dijeron, “ Welcome to Namibia". A lo que yo añadí, mientras iba pedaleando; “ Si, mucho Welcome to Namibia, pero Open your bags".

Puestos a perder la mañana, decidí encontrar un buen motivo, y a menos de 1 kilómetro de la frontera lo hallé. Hacía varios días que se había roto la segunda pata de cabra de Kova. No es agradable tener que andar buscando siempre un árbol o una roca para apoyar la bici, y la pata de cabra se ha convertido para mí ya en algo fundamental. Gerson tenía un taller de soldadura en plena calle. Al verlo, retrocedí y decidí hacerle a Kova una nueva pata de cabra.

“¿Cuánto puedes tardar en hacerlo y cuánto me vas a cobrar?" fueron mis preguntas a Gerson.

“En media hora está listo y por veinte dólares te lo hago".

Lo dejamos en diez, pero le daría quince si estaba bien hecho, consciente de que aquello le llevaría al menos dos horas. Así fue. Aproveché para cambiar el retrovisor de lado, pues aquí, ya se sabe, conducen al revés. Cuando finalizó, había hecho tan buen trabajo que no dude en darle los veinte dólares, unos dos euros y medio, se los merecía.

En África es conveniente regatear, pero también hay que saber reconocer el trabajo bien hecho, y Gerson era un profesional. No en vano había aprendido con un alemán durante años. Aunque en Namibia hay muchas carreteras de asfalto, no creo que rodara en aquel país más de cien kilómetros por pavimento. Prefería siempre las carreteras de gravilla, aunque tienen un grave peligro. Los coches van tan rápido, que lanzan a su paso piedrecillas que si te impactan en el rostro o en la rodillas estás perdido, a la espera de que le bajas el hinchazón del violento golpe de una piedra en aquellas carreteras.

Además, recorriendo el país por esas rutas, siempre te puede salir un “Kudu", una cebra o una manada de “springboks" que hacen el pedaleo mucho más ameno. La compañía del sol es omnipresente, y la visión de sus animales salvajes en mitad de la nada te reconforta el espíritu.

Por otro lado hacer camping en Namibia es tan fácil como hacer un fuego. Con menos de dos por ciento de habitantes por kilómetro cuadrado, lo raro es tener vecino. La leña, incluso en pleno desierto de Namibe, no falta y la compañía de las estrellas es casi insustituible. Aunque alguien me había invitado el día de Nochebuena a compartir con ellos una barbacoa, preferí ser fiel a la compañía que había tenido los últimos meses y poner rumbo al matorral más cercano. Eran las ocho de la tarde del 24 de diciembre cuando pedaleaba con los últimos rayos del día en busca de mi lugar. Las paredes de roca del Fish River Canyon se bañaban en los tonos ocres y naranjas con las que el sol se despedía hasta mañana.

“A la vuelta de aquella curva debe estar mi refugio para esta noche", pensaba mientras pedaleaba. Y así fue. Dos árboles y un suelo de arena eran más de lo que podía pedir. Mis amigos me habían enviado una lata de fabada, Edición Especial, y en el camping que había visto esta tarde había comprado una lata de cerveza. Con el truco de envolverla en un paño mojado, aún se mantenía un tanto fresca a las nueve de la noche. Preparé un fuego y la fabada al “Baño María". Monté la tienda, me di una ducha con dos litros de agua que habían estado calentándose durante toda la tarde y me senté en la arena. Abrí la cerveza y brindé con las estrellas. Ellas me comunicaban directamente con mis amigos, a miles de kilómetros.

Desde Cape Town, día 425, kilómetro 18.879, Paz y Bien.

ABAJO, ABAJO

El Orange River es la frontera natural del norte de Sudáfrica con Namibia. A las dos de la tarde la temperatura rondaba los 40 grados, Y no me quedaba más alternativa que buscar una buena sombra donde practicar el “hamacking", Uno de mis deportes favoritos cuando no pedaleo. Para ello sólo me gustaría encontrar un par de árboles distantes entre sí unos cuantos metros. Balanceado por el ardiente viento del mediodía, trataba de imaginar cómo sería mi camino hasta el Cabo Agujas, abajo, en el extremo sur del continente africano.

El primer pueblo de cierta entidad donde pude encontrar internet era Springbok, a más de cien kilómetros de la frontera. En el Hemisferio Sur enero significa verano, y por la tarde la mayoría de los negocios están cerrados. Así ocurría con los dos únicos cybercafes de Springbok. De todas maneras los precios por una hora de conexión me hubieran hecho huir: Casi 10 euros.

Buscando aire fresco y un poco de pan entré en el Supermercado Spar. Una mujer de mirada transparente y andar decidido se me acercó: “¿En qué te puedo ayudar?¿Qué estás buscando?" “Un poco de pan e internet", le respondí. “Tal vez te pueda ser de utilidad.¿Dónde estás parando en Springbok?" “Estoy de paso, viajo en bici, pero no sé si me quedaré aquí o seguiré, son las cinco de la tarde y…" “ Si quieres puedes venir a mi casa. Tenemos internet y nosotros también andamos en bici", me interrumpió sonriendo.

Nicky y Harm, han participado varias veces en la famosa carrera Cape Argus, que se celebra en febrero y en la que se juntan más de 35.000 ciclistas. Aunque sean solo 105 kms, hace un par de años diez ciclistas murieron por la ola de calor. El garaje de la casa de Nicky cobijaba preciosas bicicletas, como un tándem de carreras con el que tratan de consolidar más aún su matrimonio.

“Lo que te queda por recorrer hasta Ciudad El Cabo no es demasiado atractivo. Rectas sin asfalto y mucho conductor temerario. Además no puedas entrar a la ciudad por el Norte, sino que debes desviarte hacia el Este, para hacer acceder desde Stellenbosch. No está permitido a los ciclistas usar la N7", Me comentaba Nicky sonriendo para quitarle importancia a lo de conductor temerario. “Pero al menos te puedes quedar en Stellenbosch. Allí tenemos un apartamento y ahora vive Henning, otro loco de la bici que aspira a ser profesional el próximo año".

Un par de días más tarde comprobé cuánta razón tenía Nicky. En una recta sin arcén un camión me pasó tan cerca que tuve que frenar para recuperar la respiración perdida. ¿Por qué ese hijo de Satanás no se había apartado un poco para adelantarme, cuando no venía ni un solo coche del otro lado? la diferencia entre tener ese pensamiento o haber sido arrollado era una cuestión de par de centímetros. Hago todo lo que puedo por cuidarme, pero como ya he escrito alguna vez, vivimos de prestado, nadie nos va a condonar la deuda con la muerte.

Pude llegar a Stellenbosch, una zona plagada de viñedos y allí le di a Kova un buen repaso. En la tienda de bicis Cycle World de Somerset West le hicieron una transfusión de cables y le cambiaron la cazoleta de la dirección por una nueva que me había enviado Ciclos Fran. El resto, tras casi 20.000 km, estaba perfecto. De acuerdo les dejé una cubierta Continental, que había rodado conmigo desde Bamako (Mali) hasta Luanda (Angola). Casi 8.000 km. La guardaba de repuesto para una emergencia.

Henning me acompañó unos cuantos kilómetros en la ruta hacia Ciudad El Cabo, a las siete de la mañana. Solía levantarse todos los días a las cuatro y media, para entrenar de cinco a ocho , y luego ir abrir la tienda de bicis. “¿Cómo puedes mantener el equilibrio con esta bici?. Me decía al tiempo que trataba de subirse en Kova. “¿Y tú cómo puedes darte esos madrugones para entrenar?", le repuse alejándome con su mimada niña de carbono y titanio de ocho kilitos de peso.

Lo primero que uno observa llegando a Ciudad El Cabo es la imponente Table Mountain, visible desde bien lejos. Tantas veces la había visto en fotos, y ahora estaba ahí delante, a tiro de un par de pedaladas. Es como un buen vigía que observa todo lo que se cuece en la ciudad. Aunque hay un teleférico que te lleva hasta la cumbre, preferí subir caminando con Antonio, un bilbaíno que lleva 20 años por estas tierras. Las casi dos horas de caminata hacían aún más agradable la visita de la ciudad a nuestros pies.

Desde que uno llega a Ciudad El Cabo hasta que alcanza el Cabo Agujas, donde concluyen el Océano Atlántico y el Indico, todos los adjetivos para describir la belleza de la zona se quedan cortos. Antiguas colinas con acantilados lanzándose al mar, y suaves atardeceres en los que el sol se hace el remolón antes de irse a dormir, son el paisaje que me contempla. Pero la hermosura y la tragedia estudiaron juntas en la escuela. La intermitente luz del faro del Cabo Agujas no ha podido impedir que cientos de barcos terminaran sus días siendo estanterías de coral, acabando con la vida de tantos marineros, igual que aquel estúpido camionero casi termina con la mía.

Desde Port St Johns (República de Sudáfrica), día 468, 20.793 kms, Paz y Bien.

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