520 km en 48 horas con la GT Zaskar

Te contamos en primera persona el relato de la última prueba ultrafondo de BIKE que puedes ver en el último número de la revista.
Pepe Fernández. Fotos: G. Manera -
520 km en 48 horas con la GT Zaskar
520 km en 48 horas con la GT Zaskar

Tras un verano sin carreras (de 24 horas, que es a lo que me dedico), el final de temporada se presentaba complicado porque, tenía tres en cinco semanas. Por estar descansado para ellas, había renunciado a correr en Mataporquera y una carrera de 500 kilómetros non-stop en Portugal (llamada Oh Meu Deus, que hice el año pasado y me hubiese apetecido volver a hacer). Tampoco tenía previsto hacer la Madrid-Lisboa, por no haber categoría individual (y por coincidir con una de las carreras que tenía previsto hacer).

Pero, una cosa son los planes y otra cosa la realidad. Se fueron suspendiendo una a una, las tres carreras, con tan mala suerte que, no me daba tiempo a buscar alternativas (sobre todo  Oh Meu Deus). Así las cosas, sólo me quedaba una posibilidad: buscarme algo por mi cuenta.

Dándole vueltas a la cabeza (pocas, que ya estoy muy mayor), recordé que tenía pendiente de hacer la ruta m500 que, diseñó Óscar Romero y plasmó en la web www.m500.es y que llevaba varios años pensando hacer.

Estaba acabando la prueba de larga duración de la GT Zaskar y del grupo SLX y podría ser un buen colofón. Me pongo en contacto con Iván y sin decirle muchos detalles, lo que me propone, es lo que tengo pensado. Además, aprovecharemos para probar algún producto.

El planteamiento será una mezcla de carrera y excursión. Sin ir a muerte pero, sin parar a nada que no sea imprescindible. Pondremos límite de tiempo, un poco en función de la autonomía de la luz delantera puesto que, al ser un reto sin apenas asistencia, no se plantea cargar con más baterías. Este límite, lo fijaremos en 48 horas. En ese tiempo, en un principio, se acaba la prueba. Según los cálculos, hechos sentado y bien dormido, sobra para hacer los 520 kilómetros que tiene la ruta.

La hora y lugar de salida, los fijo con el objetivo de pasar de día los puntos de mayor altitud, por motivos de temperatura, puesto que, cargaré con la ropa de abrigo y así puedo evitar llevar algo de peso. Al final, decido salir de Ambite, a las 21h.

Aunque ya he hecho una prueba de esta distancia (con 13000 metros de desnivel positivo acumulado, en lugar de los 8000 que, tiene m500), fue con asistencia cada 80 kilómetros y eso hacía que llevase poco peso (sólo lo que cabía en la mochila). En este caso, llevaría lo de la mochila y un trasportín con una bolsa en la que llevaría lo que creía necesario. El problema de llevar esta carga es que, la bici se pone en más de 18 kilos que, pueden hacer mella en el ritmo y cansar más de lo previsto. Además, es la primera vez que monto con peso y sin experiencia, no sé realmente a qué me enfrento.

Antes de empezar, cometo uno de los fallos más gordos que se pueden hacer para afrontar algo de este tipo: ir cansado. Por motivos de trabajo, no duermo desde el domingo por la mañana, hasta el lunes por la noche que, con siete horas de sueño, se quedarán cortas. Esto a posteriori, es muy obvio pero, en el momento te ves bien y no te percatas de la metedura de pata.

Preparo todo y salgo hacia Ambite. Dos días de pedaleo sin parar, sin dormir y sin compañía es lo que me espera. Da un poco de respeto. Saco la bici del coche, me visto y ya no hay marcha atrás. Compruebo que he cometido otro error garrafal. Al coger todos los aparejos, me he debido de dejar los bidones sin cargar en el coche. Así pues, sólo llevaré el agua del Camelback. Tendré que prestar más atención a las fuentes y no dejar pasar ni una. El principal inconveniente es que, tengo costumbre de ir tomando carbohidratos (en un bidón) y no podré obtener energía a la vez que bebo.

Como es lógico el ritmo es cómodo, siempre pensando en tan larga distancia. Hay que ir con mucho cuidado porque, cualquier exceso o “sobre-estimación” que hagas, lo pagarás caro, seguro. El problema de ir tan lento es que, las horas pasan pero, los kilómetros no avanzan, por lo  menos, no del modo en que lo hacen cuando entrenas.

A los quince kilómetros, llego a Pezuela de las Torres. Se accede al pueblo por un pequeño tramo de carretera en subida, en el que me doy cuenta que no voy muy fino. Aunque subo cómodo, tengo que hacer un poco más esfuerzo de lo que pensaba, lo que, me hace no ser muy optimista cuando tenga que subir puertos de verdad.

Voy bastante sorprendido con la potencia de la Lupine Wilma que, aunque llevo al mínimo (de las posibilidades prefijadas; haciendo una fácil “repro” se puede poner menos potencia, para ganar aún más autonomía), es suficiente en los tramos que voy encontrando.

De momento, voy cumpliendo con el horario previsto. Sigo echándole paciencia y van cayendo Santorcaz y Santos de la Humosa. Como no hay grandes desniveles en este tramo, no me van minando mucho los kilómetros. Toca cruzar la A2 y tengo un pequeño problema pues, el camino por el que el track discurre, no existe (o está cerrado por un bosque de cardos). Un poco de improvisación y todo solucionado. No pierdo apenas tiempo.

Tomo rumbo a Meco y llego en un momento. Aprovecho para mandar un mensaje a la familia para tranquilizarlos. Voy  por la tercera hora ya y las sensaciones, salvo la subida ya comentada, no son malas del todo. El peso y la oscuridad se dejan notar y no dejan ir muy rápido pero, no va mal la cosa.

El siguiente pueblo al que llegaré, es Valdeavero. Haré una parada rápida a comer algo sólido. No empleo más de veinte minutos y me pongo de nuevo en marcha. A la salida del pueblo, observo unos montones de pacas de paja impresionantes. No sé la altura que pueden tener, pero, más de diez metros seguro. No se las roban, no.

Un poco después, me ataca el peor enemigo del ciclista. Pincho la rueda delantera, por un maldito abrojo. No hay líquido que selle, la cámara se vacía al instante. Con pocas ganas, arreglo rápidamente y me pongo de nuevo en marcha. Sigo cumpliendo, más o menos el horario previsto, a pesar de los pequeños inconvenientes que surgen.

Poco a poco, voy ganando altitud aunque, sin encontrar grandes pendientes en el camino. La cosa empieza a cambiar al llegar a Valdepeñas de la Sierra, donde ya encuentro algún tramo de subida un poco más duro. Llego antes de las cinco de la mañana, con unas ocho horas de ruta. Aprovecho que hay una fuente y hago otro descanso para comer.

Empiezo una subida que aunque, la voy haciendo relativamente cómodo, con el paso del tiempo se me hace eterna. Al ir de noche, no tengo ninguna referencia y no veo el final; sólo subir y subir.

Uno de mis problemas (a nivel ciclista), es que, las subidas largas las suelo ver en la tele y estoy poco acostumbrado (más bien, nada) a hacer subidas de más de veinte-treinta minutos. Quizá sea por eso pero, se me hace eterna.

Tras el pinchazo de la rueda delantera, ahora es la trasera la que pierde aire. Me resisto a cambiar cámara y echo aire, para ver si el líquido sella. Algo pierde pero, me voy apañando. Hincho un par de veces más. El objetivo es, llegar a Somosierra donde mi hermano me acercará tres cámaras nuevas para no coger riesgos.

La noche avanza pero, yo voy notando más cansancio de lo que debería. Empiezo a notar el llegar habiendo no dormido lo suficiente. Si sales a la hora que lo he hecho, lo normal es que la noche, la pases “más fresco que una lechuga”, sin pegar cabezadas. Otra cosa sería si hubiese salido por la mañana y así, es normal que la noche pase factura. Empiezo a pegar alguna cabezada y ya voy deseando que amanezca. De día, se suele llevar mejor el tema del sueño. No lo paso bien pero, los kilómetros siguen cayendo. Ya ha caído la primera centena, una quinta parte del total.

Va amaneciendo y ahora el camino discurre, más o menos, paralelo a las curvas de nivel o lo que es lo mismo, llano. En la lista de pueblos que paso, tengo apuntado Puebla de la Sierra. Me planteo hacer allí una parada. Sigo y no aparece por ningún lado. Tras un rato, me doy cuenta que lo apunté como referencia pero, el track no pasa por el pueblo. Al final, paro en el camino y me siento en una piedra a comer. En esta parada, se cumplen las doce horas de ruta.

Tras esto, vendrá una bajada corta (cuando vas cansado, todas las bajadas son cortas y las subidas, largas) y la ascensión más larga, la que llevará al Pico Cebollera Vieja, más conocido como Tres provincias, por ser el punto donde confluyen los límites de Madrid, Segovia y Guadalajara. Sorprendente, voy bien y a un ritmo lento pero, decente (dentro de lo que llevo y del peso que arrastro). Sólo tengo que empujar un pequeño tramo al final, con mucha piedra suelta, lo que, me da algo de ánimo. Un poco más tarde de las doce, corono los casi 2100 metros de altitud. Ya van quince horas de ruta.

Bajo de Tres Provincias a Somosierra, despacio. Hay mucha piedra y baches que, si se cogen rápido, pueden hacer peligrar el trasportín. Llego al punto convenido con mi hermano y cambio cámaras. De casualidad las ha podido comprar porque, donde vive es festivo y la tienda estaba cerrada pero, estaba la propietaria allí y se las ha vendido. Como la falta de memoria debe de ser genética y común en los dos, también se le olvida traerme bidones. Tras las reparaciones y tomar algo de comida, me dirijo a la gasolinera, donde compro un par de botellas de agua y una de refresco (del tamaño del portabidón). Voy a rellenar el Camelback y resulta que está casi lleno, por lo que, me bebo la botella de refresco y una de agua. La otra la uso para hacer carbohidratos. Como es lógico, beberse casi tres litros de agua, lleva su tiempo y pierdo un cuarto de hora en la operación. Tiempo bien empleado porque, voy bien hidratado y me quedan muchas horas de sol (aunque, afortunadamente, la temperatura no es muy alta).

Salgo de Somosierra, por la Horizontal. Seguro que el que le puso el nombre, iba en el sentido contrario al que iba yo porque, aunque no es una gran subida, de horizontal tiene poco. Aquí veo más directamente la influencia del peso, puesto que, cada bache o pequeña rodera supone frenar para que no dé golpe fuerte la carga y al querer ir a buen ritmo, hay que volver a acelerar. Esos cambios de ritmo de 20-10-20 km/h, repetidos cada pocos metros, van minando la resistencia a marchas forzadas.

Al poco de salir de Somosierra, el Garmin Edge 800 dice basta. Aunque lo llevaba con batería auxiliar, se suele “morir” cuando lleva mucho tiempo funcionando (rondando las 24 horas; lo normal, supongo, al no estar diseñado para ello). El problema es que, suelo perder lo grabado y me cuesta ponerlo en funcionamiento (varios días, modo a prueba de fallos, restaurar valores de fábrica,…). Seguiré usando el viejo Vista que, no me da guerra y además, lleva pilas AA, por lo que, no necesito nada más.

Un poco harto de “llanear”, llego a Lozoya. Compro comida (es el primer pueblo que paso en horario comercial) y descanso mientras como. Ya han caído algo más de 200 kilómetros y paso de las veinte horas. Estoy parado cincuenta minutos, un poco más de lo normal hasta ahora pero, tampoco es excesivo. Ahora viene un tramo llano, lo que anima un poco. Por lo menos, ves una lógica entre el tiempo que pasa y lo que avanzas (subiendo con bastante pendiente a 5-6 km/h, pasa el tiempo y parece que estas clavado en el suelo).

Bordeando el embalse de Lozoya, paso por Pinilla, Alameda y Oteruelo de Valle, para llegar a Rascafría, de donde saldrá la próxima ascensión. Ya estoy empezando a acumular algo de retraso, respecto a los cálculos previos. Inicio la subida a Cotos sin muchas ganas, hay alguna zona técnica y fallo a menudo. Se me está haciendo de noche y me quedan zonas altas que, era lo que quería evitar (por el frío), aunque, es obvio que, es imposible evitar toda la Sierra sin meter noche en medio.

Paro a comer un poco y tengo un momento un poco crítico. Me dan ganas de mandarlo todo a paseo e irme a casa. Es más por hartura que, por cansancio. Son veinticinco minutos lo que paro pero, me repongo y continúo. Es la subida más técnica de toda la ruta, con algunos tramos en los que, me cuesta seguir la senda, al ser de noche y no verla bien. Algún tramo hay que hacer a pie, no por ser imposible, sino por una mezcla de cansancio y torpeza (agravada por la falta de reflejos). Por fin, a las diez y media de la noche, llego a Cotos, tras más de veinticinco horas y casi 240 kilómetros. Hago una parada corta (menos de un cuarto de hora) para llamar por teléfono a casa.

Se me empieza a complicar la cosa, puesto que, al parar me empiezo a quedar helado y a tiritar sin parar. Me pongo en marcha y empiezo a bajar, buscando subir la Fuenfría. Toda la bajada tiritando y empiezo a subir, esperando a que, con el esfuerzo de la subida y la menor velocidad, entre en calor. Cuando llevo un rato subiendo, me paro. Estoy muy cansado, pegando cabezadas y helado de frío.

Intento dormir un poco, sentado apoyado en un árbol, aunque no lo consigo. El frío me tiene encogido y no reacciono correctamente. Tras cambiarme varias veces de árbol (como si los hubiese más blandos…), decido tumbarme a dormir y taparme con la manta térmica que llevo. Cuando la cojo, para abrirla, la veo tan doblada que, lo único que me viene a la cabeza es cómo volver a dejarla igual cuando la use. El caso es que, reacciono, me cambio de ropa, poniéndome la camiseta térmica, la interior y el maillot que llevaba de repuesto (y secos) y me pongo de nuevo en marcha. Ha sido una hora lo que he perdido pero, he solventado otro momento crítico, de cansancio bastante extremo.

Corono Fuenfría y empiezo la bajada. Voy por el camino de la República y aún no sé cómo lo pude hacer. Lo hice entero dormido, pegando frenazos cada vez que me despertaba y volviendo a soltar, según me iba volviendo a dormir. Toda la bajada así. Llego a una zona de asfalto, en la que me despierto. Debe ser el instinto de supervivencia el que hace que, al ser una zona donde podría haber coches, me pone alerta. Paso el Hospital y vuelvo a coger caminos, alrededor de Cercedilla, siguiendo el track como un autómata, sin saber lo que voy haciendo realmente.

Una vez pasado Cercedilla (más de las dos y media de la madrugada), el siguiente punto de interés es el Alto del León. Otra pequeña parada a comer un poco y tras diez minutos, prosigo la marcha. No se trata de un tramo nada complicado, puesto que, no hay pendientes duras. Ritmo lento pero, constante y a las cuatro de la mañana, tras casi 280 kilómetros, corono. La pista (hace años, era una carretera) es la zona donde pasé los fines de semana de mi adolescencia, por lo que, los recuerdos son muy agradables.

En el camino hacia Abantos paso por situaciones totalmente desconocidas para mí. He oído hablar de las alucinaciones que se presentan en situaciones de mucho sueño y cansancio. Me han contado que, ves cosas “raras” pero, que no le das más importancia porque sabes que son imposible pero, las ves. Pues, así fue. Iba viendo gente sentada en cada matojo y al llegar a él, volvía a ver el matojo. Ves, de repente, un muro en mitad del camino, pegas un frenazo y el muro desaparece. Vi mucha gente, toda desaparecía al llegar a su altura. No me había ocurrido nunca y espero que no vuelva a ocurrir. El sueño es muy grande y necesito parar. Como en Fuenfría, vuelvo a estar helado, con otra tiritona de escándalo. Vuelvo a parar, vuelvo a sentarme en un árbol, vuelvo a cambiar varias veces y no llego a dormir. Total, cuarenta y cinco minutos parado.

Llego a Abantos, se empieza a notar que las noches son muy largas. Son las siete y cuarto y no ha amanecido. Empiezo a bajar y llego a El Escorial que, bordearé y me dirigiré a Zarzalejo, pasando por la Silla de Felipe II. Bordeando El Escorial, amanece y sobrepaso los 300 kilómetros. Ha pasado lo peor. A partir de ahora, ya no hay montaña, predominará el descenso, suave, hasta las zonas más bajas del sur de Madrid.

En Zarzalejo, encontraré tiendas abiertas y compraré algo de comer. Haré un pequeño descanso porque, la idea es ir, casi sin parar, hasta Ciempozuelos. Llevo ya treinta y seis horas, más de 300 kilómetros y estoy relativamente vivo. No está mal, aunque muy lejos de las previsiones que hice, tan cómodo en el ordenador. Comer y descansar mínimamente, me lleva cincuenta minutos. Vuelta a la ruta. Va apretando el sol, poco a poco y voy comprobando las diferencias de temperatura entre el norte y el sur de Madrid, tanto por la latitud, como por la altitud.

De Zarzalejo a Robledo de Chavela. De Robledo a Pelayos de la Presa, por un tramo de carretera. No me gusta nada hacer carretera pero, se agradece porque avanzas rápido. Bordeo y cruzo el embalse de Picadas. Me gusta el sitio y aprovecho para hacer unas fotos, al tiempo que, hablo con mi mujer por teléfono. Una subida bastante empinada de asfalto me llevará camino de Aldea del Fresno.

Este tramo lo conozco de hacerlo con Óscar Romero y otros miembros del Club Madroño hace tiempo. Como es relativamente llano, avanzo más rápido que ayer. Van cuarenta horas y más de 350 kilómetros. El objetivo de acabar la ruta en 48 horas, se aleja poco a poco.

El siguiente pueblo por el que paso es Villamanta. De aquí, hasta la Urbanización Calypo que, es el punto de paso de la A5. Pierdo algo de tiempo porque, han puesto una alambrada (más bien, la han arreglado) al bajar la pasarela y tengo que cruzar por otro lado.

La siguiente localidad será El Álamo, aunque, antes paso por el aeródromo de este municipio y me entretengo viendo algún avión aterrizar (obviamente, sin parar). Hace bastante calor y las ganas de llegar a casa, me hacen decidir que no habrá más paradas hasta que llegue a Ciempozuelos. En realidad, no será así, puesto que, haré tres paradas más, muy cortas, para tomar un gel y beber agua en las fuentes que encontraré.

Tras El Álamo, vendrá Batres; después, Serranillos, Cubas, Torrejón de Velasco y por fin, Ciempozuelos. En todo este tramo, lo único destacable es el calor que paso y las ganas de llegar a casa que tengo. Este tramo, desde Zarzalejo a Ciempozuelos han sido 115 kilómetros, sin paradas de más de cinco minutos. Van ya, más de cuarenta y cinco horas y más de 425 kilómetros. Llego a las seis de la tarde. Ya tenía que estar durmiendo en casa de vuelta de Ambite, según los cálculos.

Ya no llego al final (quedan unos 120 kilómetros) y puedo hacer dos cosas: dejarlo ya o seguir. Ceno un buen plato de arroz, me ducho y me cambio de ropa. He decidido seguir. Es un tramo que, hice una vez hace tiempo, llano y no muy complicado. Quito el trasportín, puesto que, ya no me hace falta llevar carga y me quedo sólo con lo que cabe en el Camelback. Todavía queda batería de la Lupine (alucinante) y me noto bien de piernas (también alucinante). Así, tras dos horas parado y cuarenta y ocho, en total, me dispongo a salir de nuevo.

De los varios errores que he cometido en la ruta (y no son pocos), cometo ahora el más letal. Recorrido fácil, “corto”, muchas ganas de acabar y un poco de inconsciencia, hacen que subestime lo que queda. Salgo con un coulotte corto muy fino y unos manguitos, como única ropa de abrigo. No llevo comida para lo que queda.

Salgo como un cohete (es un decir), con las piernas frescas (¡!), con ansia de acabar. Según salgo, se me hace de noche. No hay problema. Por si la Lupine se agota, sigo llevando el frontal que, a máxima intensidad, me permitiría avanzar, aunque más lento.

Cruzo Aranjuez sin problemas, con la sensación de llevar la quinta parte de kilómetros, de los que realmente llevo. Pero, en el tramo que va a Villamanrique, empiezan los problemas. Primero, un camino que aparece en los mapas pero, que se han “comido”, me hace perder tiempo porque, no veo la posibilidad de salvarlo. Con el GPS no veo salida pero, recuerdo que, en el móvil he cargado el track y el mapa de Madrid, con definición de foto aérea y doy con la salida. Tardo un montón en llegar a Villamanrique; lo recordaba mucho más cerca. Quinientos kilómetros, más de cincuenta y dos horas; el final se acerca. Sólo queda llegar Fuentidueña, una pequeña subida, Carabaña, Vía Verde y fin.

De Villamanrique a Fuentidueña, casi no recuerdo nada. De hecho, he mirado posteriormente el track, para ver si realmente lo seguí, porque no estaba seguro. Iba en un extraño estado de inconsciencia en el que, de manera automática haces algo, sin saber lo que estás haciendo realmente. Paso Fuentidueña y la cosa se empieza a poner fea. Ya no veo nada, a duras penas enfoco la vista en el GPS para hacer una tarea tan sencilla como seguir un track. Empiezo la subida y la batería del Lupine dice basta. Si llego a ir en este tramo, más o menos a ritmo normal, hubiese llegado al final.

Voy muy mal. Una mezcla de dormido, desorientado, muerto,… Una rodera que no veo (no veía el camino, como para ver una rodera), hace que, resbale la rueda delantera y me caiga. Me agarro un buen cabreo porque, lo percibo como si hubiese sido una distracción. Intento seguir avanzando. Me paso un cruce. No consigo ver el track. Lo único que veo son alucinaciones de gente en los bordes de camino, otros tumbados en el propio camino que desaparecen justo en el momento de pasar,…

Encuentro el camino, sigo. Vuelvo a perderme. Estoy metido en una alucinación que, me creo que es una especie de juego, en el que yo soy el “peón” y del que sólo puedo salir por el camino correcto, sin poder parar hasta conseguir encontrarlo. No encuentro el camino. Veo caminos a un lado que creo que pueden llevarme al correcto pero, al ir a cogerlos, desparecen.

Me llama mi mujer para ver cómo estoy porque, me están esperando para recoger el coche y aunque consigo hablar, no se me entiende. El GPS no lo veo; me acuerdo del móvil y lo miro. Está el mapa pero, no el track (obviamente, sí está pero, no soy capaz ni de verlo; ahora lo miro y me parece imposible pero, no lo veía). No consigo salir. Me llaman mis padres y ya me están buscando. No consigo dar ninguna referencia de dónde estoy. Entre la torrija que llevo y que es de noche, no doy ninguna pista. No sé cómo, doy las coordenadas y mi mujer, desde casa, da referencias de dónde puedo estar. Se han encontrado con una patrulla de Guardia Civil y al comentarle la situación, me andan buscando también. Lo mejor que puedo hacer es estar quieto para que me encuentren. Me quedo helado; es posible que diese alguna cabezada metido entre unos matorrales. Son casi las cinco de la mañana. Cincuenta y seis horas y 520 kilómetros (según el GPS; con pérdidas incluidas) después, mi aventura acaba.

Se hace de día. Empiezo a reaccionar, doy alguna referencia. Ya estoy mejor. Si nadie me estuviese buscando, es posible que, pudiese continuar. En ese momento me encuentran. Tengo que pasar un momento por el Cuartel para dar los datos y que quede constancia de la intervención. Agradecimiento infinito a los Agentes que, además de, implicarse en la búsqueda, con su sola presencia dieron tranquilidad a mi familia en su desesperación.

Acabo en casa a las diez de la mañana. Mucho sueño, algún reproche en forma de “estás loco”, “¿cuándo vas a dejar de hacer estas locuras?” y a dormir. Sensación de fracaso total. Según pasa el tiempo la sensación cambia y se torna agridulce. Agria por no haber acabado por tan poco pero, con cierto orgullo por meterme tal paliza y salir “entero” tras más de 500 kilómetros.

Donde acabé, estaba a cien metros del cruce dónde me equivoqué; seis kilómetros a la Vía Verde y otros catorce en ella, es lo que me faltó. Veinte míseros kilómetros. Tras más de quinientos, parecen pocos pero, son suficientes para arruinar tanto esfuerzo.

Para los curiosos, algún dato. Comí tres barras de pan, 100 gramos de pavo, 150 de bacón y otros 150 de salchichón, un paquete de galletas con chocolate (500 gramos), dos barritas y cinco geles. En casa, no escatimé: 200 gramos de arroz, tres huevos fritos, tres salchichas y 150 gramos de bacón (dieta mediterránea a tope). No sé exactamente lo que bebí, por beber de fuentes pero, dudo que, pasase de los seis litros. 520,56 kilómetros, 56 horas y 57 minutos y un desnivel positivo acumulado de 8150 metros. Y la pájara más grande de mi vida.

Con esto finalizaba la prueba de larga duración de la GT Zaskar Carbon  9R Expert y del grupo SLX que tan buen sabor de boca han dejado. Una manera un poco triste de acabar una temporada pero, de la que no hay queja en lo que se refiere a rendimiento. Lo malo de quedarte a tan poco del final, es que, casi estás obligado a repetirla para acabarla. Buscaremos fecha y espero aprender de los errores.

 

Si quieres leer el artículo completo: http://www.mountainbike.es/noticias/mountainbike-es/articulo/BIKE-260-en-los-Kioscos

 

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