Cómo sobreviví a la Madrid-Lisboa

Jose María Fernández, "Pepe" el especialista en larga distancia de BIKE, nos cuenta en primera persona cómo se enfrentó a uno de los mayores retos que puede plantearse un biker: realizar con éxito y en el mismo año las dos pruebas Powerade Non Stop (Barcelona-San Sebastián y Madrid-Lisboa), y ambas en categoría SOLO.
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Cómo sobreviví a la Madrid-Lisboa
Cómo sobreviví a la Madrid-Lisboa

 

Tras un 2015 un poco aciago en cuanto a resultados, afrontaba 2016 con el objetivo principal de acabar las dos pruebas de las Powerade NonStop Series: Barcelona-San Sebastián (720km en 52 horas) y Madrid-Lisboa (770km en 55).

A principios de junio conseguí finalizar con relativa holgura (unas cinco horas) la primera de ellas; con lo que la mitad del reto ya estaba conseguido. Tal y como me lo había propuesto debía acabar las dos en el mismo año, por lo que si fallaba en la segunda en 2017 tendría el mismo objetivo… ¡cosa que no me apetecía lo más mínimo!

Con la experiencia de dos intentos fallidos en 2015 al quedar fuera de control en el km 550-600 de ambas pruebas, aprendí que mi estrategia de salir lento para guardar “gasolina” de cara al final no funcionaba. En la Barcelona-San Sebastián comprobé que hay que salir muy rápido, aunque sea lo que menos le gusta a un tío “diésel” como yo, pero la prueba es así.

Estas carreras empiezan los días previos con los preparativos de material, descanso, tracks (marco puntos peligrosos, lugares en los que tuve dificultades el año pasado…). Para este año me iba a acompañar un material excepcional, una Cannondale FSi con SRAM XX1 Eagle. Al principio tenía mis dudas de la conveniencia del monoplato y de la bici rígida, pero un par de pruebas las despejaron. Respecto al resto de material siempre trato de llevar todo lo que tengo de ropa: cascos, zapatillas, luces, baterías, pilas… no estorban y siempre pueden ser útiles.

El cambio más importante iba a ser la asistencia. Siempre la hago con una autocaravana, pero esta vez su piloto no podía venir y lo cambiamos por un coche. Parece una tontería, pero acostumbrado a poder calentar comida o llevar cosas refrigeradas, para el coche habría merecido hacer una adaptación que no pude hacer. Para colmo, en toda la semana anterior a la carrera no dormí ni un día más de 7h, sin duda una falta de descanso que me podía pasar factura.

Llegó el día D. Reconozco que estaba algo más nervioso de lo normal, sobre todo me aterraba la idea de no acabar. Conozco el desgaste de estas pruebas y no quería repetirlas. Ya situado en parrilla oigo que están cortando la cinta de salida como acto protocolario. Me dispongo a meter la cala en el pedal y… ¡llevo las zapatillas de calle! Como quería iniciar con unas muy rígidas (e incómodas para andar) fui con las de calle. Menos mal que mi mujer no se había ido al coche y pudo dármelas. Primer susto y aún sin empezar.

Salimos de Las Rozas rumbo a Robledo de Chavela a un ritmo muy rápido. Hay que ganarle tiempo al corte ¡Esa es la clave! Bajo de las 3h, en 66km y 1.138m de desnivel positivo: 22,6 km/h de media para un globero como yo es volar. Sin olvidar los más de 700 kilómetros que me quedan.

Hice una parada de unos 8min, comí un sándwich, bebí algo, foto, engrasé la cadena y rumbo a Burgohondo. No sé si por el calor pero empecé a ir mal. Arrastrándome en las subidas y viendo aún más lejana la meta. Después de dos horas nefastas, llegando a rondar por mi cabeza la idea de volver a casa ahora que no estaba lejos. Pronto conseguí reponerme un poco  y llegar sin problema a Burgohondo en unas 4h25’ (77km con casi 1.600m de desnivel) otro buen bocado al tiempo de corte. Todo va más o menos según lo previsto…

Esta parada fue un poco más larga, tuve que abrigarme y preparar las luces para afrontar la noche. En total unos 25min que en definitiva no son un drama, sino un buen respiro. Tras comer otro sándwich e hidratarme me dispongo a afrontar el tercer tramo, que iba a ser duro.

Y lo fue. Una subida larga junto con la caída de la noche hacía de este tramo que fuese lento, perdiendo 5h (con parada incluida), y a pesar de tener sólo 61 kilómetros. De todos modos, más de 1.500m de desnivel con esa distancia no es moco de pavo. Con constancia y paciencia fue pasando el tiempo y pude seguir avanzando, que era de lo que se trataba.

Tras un tramo de subida de carretera (hasta el punto más alto de la carrera), se me encienden las luces de alarma. Empiezé a quedarme dormido en la bici. Lo esperaba, pero no tan pronto. Para colmo todos los que me pasan iban muy rápido y no conseguía pegarme a ellos y hablar algo para despertar. Metí el pie en el barro al cruzar un charco y tras pasar un buen barrizal, parecía que volvía a estar en el “reino de los vivos”.

Iba tratando de juntarme con gente para hacer más amena la ruta. Casualmente entre otros, me vuelvo a juntar con Alejandro, otro Solo, con el que había coincidido en todos los tramos (me da la impresión de que para algo más que yo pero, va más rápido y me coge). En Navalperal de Tormes, comí una ensalada de pasta y otro medio sándwich. Luego las labores de rutina: foto, cadena, beber y me abrigo un poco más antes de salir de nuevo.

Los primeros kilómetros son de carretera. Que me perdonen a los que les guste, pero a mí no me gusta la carretera, aunque se agradece; cunden los kilómetros, subes la media de velocidad… casi te sienta mal cuando vuelves a coger camino. A la salida de Barco de Ávila, me despisté con el track (es del mismo color que la carretera) y me hago unos 500 metros de más. Será mi único fallo “gordo” de navegación en toda la carrera. Casi al final de este tramo, antes de llegar a Navaconcejo, hay una bajada complicada que hice a pie para evitar problemas. ¡Cuarto tramo completado! Me encontraba relativamente bien y ya iban 335km en unas 14h.

Tras las labores rutinarias salgo hacia Cañaveral, uno de los peores tramos que hice el año pasado. Esta vez pinta mejor y tengo la suerte de coger buenas ruedas (con los hermanos Marcos y Sergio Martínez, del C.C. El Álamo y de un pueblo cercano al que vivo, y nuevamente Alejandro) ¡volamos! sobre todo en un sector de carretera al cruzar Plasencia en el que íbamos continuamente pasando gente, que en algunos casos se unían haciendo un buen grupo y consiguiendo avanzar rápidamente. Muy buena etapa y agradecimiento eterno a estos dos “frikis” por el bocado que le meto al tiempo de corte (llevaban una Endorphin y una Litespeed). La cosa empieza a pintar bien, las  dos etapas siguientes son de las más complicadas y si las pasaba tendría la situación encarrilada.

En Cañaveral hice otra parada normal. Casi 24h de carrera e iba bastante bien. Tras una etapa muy buena y todavía con fuerzas rumbo a Alcántara. El año pasado fue nefasta para mí, el calor y la falta de agua, me mataron. Este año, con menos calor, la cosa fue muy distinta y me salió otro etapón. Muy buen ritmo y sin gran desgaste hicieron que llegase a Alcántara muy entero, coincidiendo de nuevo con Alejandro. Me salieron 77km, con 1.559m de desnivel en 4h32’ (sin contar la parada); lo que equivale a una media de 17 km/h. Con más de 24h y 400km en las piernas… no está mal.

El siguiente tramo fue bastante “pestoso”. Sigue el Camino Natural del Tajo y no es la parte más agradable de hacer. Todo parece complicarse absurdamente, dando vueltas, cuando aparentemente se puede ir más directo. Es un tramo duro, con otra bajada complicada (y aquí sí, un paisaje impresionante). Subidas fuertes y otro tramo que parece campo a través. El CNT nos llevaba a un acceso por carretera a Cedillo. Me encontraba bien. Quedaban sólo tres tramos un poco “de trámite”, porque presentaban poco desnivel.

Salí de Cedillo rápido, con ganas de acabar ya, pero en la Madrid-Lisboa no hay trámites ni sectores fáciles y empiezo a penar. Cada kilómetro se hacía eterno y encima apareció el sueño, por lo que tuve que parar dos veces a dormir 10min tirado en el borde del camino o el arcén de la carretera. Después del descanso seguía igual, aunque me encontré con Miguel Silvestre, Valentí Sanjuan y otros dos (lo siento, no sé el nombre), seguía pegando cabezadas. Miré atrás y los dos primeros ya no estaban (más tarde supe que habían parado a dormir un rato tirados en el suelo). Al poco, uno de los que quedaban rompió cadena. No pude quedarme con ellos, “tira, no te preocupes” me decían. Pasé las de Caín. Como es habitual en este tipo de carreras, acabo con problemas de estómago, devolviendo dos veces con una especie de flema muy roja (que obvié contar a mi mujer para evitar que me echase la bronca). A trancas y barrancas conseguí llegar a Ponte de Sor, eso sí, en un estado deplorable por lo que tuve que parar a dormir media hora metido en el coche. Lo malo es que poco a poco fui fundiendo el tiempo de ventaja que había cogido al corte.

Partí hacia Coruche con idea de vender cara mi piel -todavía hay tiempo-. Aunque no me suele pasar de día, volví a hacer muchos kilómetros dormido, yendo bastante despacio y teniendo problemas en los numerosísimos bancos de arena que hay. Pero sacando fuerzas de donde ya no hay conseguí llegar a Coruche. Algo había recuperado y ya no estaba tan mal (aunque, viendo las fotos posteriormente, no lo afirmaría rotundamente).

Ahora sí. Tramo casi llano y en un rato en Lisboa. ¡Ja! arena... un tramo cruzando un tomatal (de arena también), otro tramo en el que no se veía el sendero -eso no se acababa nunca-. Y por fin a falta de unos 50 kilómetros, empecé a hacer la aproximación por carretera (polígonos industriales, cruces,…) a Lisboa. Tras 54h y 15min llego a meta. Con tanto cansancio creía que no pasaba nada por mi cabeza pero, había acabado. Allí estaba mi mujer, como siempre, a mi lado y a la que le debo media carrera al estar siempre pendiente, con ánimos y una perspectiva positiva (aunque lo que ella viese no lo fuera). La asistencia es una parte importantísima de la carrera y de ella puede depender acabar casi en más medida que de nosotros mismos. Siempre lo digo, yo sólo doy pedales, mi mujer y/o mis padres en otros casos me ponen todo lo necesario para que siga dándolos.

 

Foto por cada etapa:

1ª en Las Rozas (Madrid) y 10ª en Coruche (Portugal)

 


Ya sólo queda agradecer al resto de personas que me han ayudado en algún momento, a la organización y voluntarios; al resto de participantes, que al ver que ibas solo te ofrecían rueda y lo que necesitases; a BIKE por el material y por poder dejarme contar mi batallita (no por el hecho de contarla, sino porque alguien pueda evitar un solo error y le sea más fácil acabar la prueba); a compañeros de trabajo que me cambian turnos para poder ir a estas locuras; y como ya he dicho a mi familia, que sufren y apoyan todas mis locuras. El año que viene volveré, pero en equipo, disfrutando un poco más y sufriendo de otra manera. La carrera sinceramente merece la pena.

P.S.: Al acabar, me fui de vuelta a casa. Dos días después, al mirar las clasificaciones, comprobé que Alejandro consiguió llegar a Lisboa. El abrazo que no le di allí, se lo mando ahora. Igual que a todos los que acabaron. ¡Felicidades a todos!

 


Crónica: Powerade Non Stop Madrid-Lisboa 2016

Ver galería fotográfica: Powerade Non Stop Madrid-Lisboa 2016


 

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