Así vivimos desde dentro la Skoda Gran Fondo Buitrago by Trek

Contamos nuestra participación en la primera edición de este maratón celebrado en Buitrago (Madrid) este pasado fin de semana
Héctor Ruiz -
Así vivimos desde dentro la Skoda Gran Fondo Buitrago by Trek
Así vivimos desde dentro la Skoda Gran Fondo Buitrago by Trek

Una vez más, cuantos más sitios nuevos conozco en la Comunidad de Madrid, más me impresiona la riqueza geográfica que tiene. Esta vez le tocaba el turno a Buitrago de Lozoya, que en el recorrido de la Skoda Gran Fondo Buitrago by Trek nos ha llevado por la franja limítrofe entre el Oeste de la Sierra de Guadarrama y Somosierra. Unos 80 km para quienes hemos hecho el recorrido Gran Fondo, unos 45 para quienes han realizado la Medio Fondo, quienes también tuvieron que vérselas y sufrir lo suyo en la primera subida desde San Mamés hasta casi la cumbre del Cerro de la Mesilla. Unos 1.500 participantes en total (unas 200 bajas de última hora), todo un éxito teniendo en cuenta que esta ha sido la primera edición de la marcha cicloturista (que no carrera, aunque al llevar un dorsal, un chip y al haber una clasificación, la delgada línea entre una cosa y otra se difumina) y teniendo en cuenta también la treintena de marchas cicloturistas y carreras que coincidían ese mismo fin de semana.

Ya antes de la salida, la buena organización se dejaba notar, con muchos participantes amaneciendo en el hotel Residencia Colegio de Gredos justo a unos metros de los cajones de salida. Sin complicaciones. Los cajones de salida, un acierto, separados por tiempo estimado de realización de la prueba, así cada uno está donde se supone que tiene que estar. Sin participantes haciendo tapón a quienes se toman las marchas como una Copa del Mundo. Sin participantes remontando nerviosos desde atrás desde los primeros metros. Todo desde la teoría claro, que siempre hay excepciones. Salida rápida, donde la sequedad de septiembre (aunque no estaba claro si llovería, con una impredecible mañana nublada sobre nuestras cabezas) nos rebozaba en una nube de tierra desde los primeros kilómetros tras abandonar el asfalto. Desde el pequeño pueblo de San Mamés la tierra comenzaba a mezclarse con el sudor, ya que los 6 km de puerto que restaban hasta la cima de la primera “gran subida” nos hacían gotear de esfuerzo. Una de esas subidas en las que cada vez que echas la vista atrás ves toda la altura ganada en pocos kilómetros, dejando atrás el Valle de Lozoya. Paro a hacer unas fotos y a esperar a unos amigos con los que he coincidido, pero no llegan. Pasa Rubén Iglesias, responsable del Demo de Trek, y sube tan rápido que casi no me da tiempo a sacarle “guapo”. Está realizando la ruta corta y tiene que llegar pronto, junto a Claudia Galicia, para seguir currando una vez cruce la línea de meta. El resto del equipo de marketing de Trek también viene por detrás, pero a un ritmo más sensato. Voy a ver si alcanzo a Rubén… y lo hago, pero forzando la maquinaria más de la cuenta. Y cuando le cojo, al minuto, se escapa de nuevo “a ver si pillo a estos…” y me deja a mí con mi sofocón… ¡Maldito!

Coronamos la primera subida. Allí hay unas garrafas de agua dispuestas en línea para que cada uno llenara su bote de agua. El tema de los avituallamientos es uno de los que más controversia ha creado, algo escueto para algunos participantes. Otros se quejan de que ni siquiera había vasos, pero es comprensible, teniendo en cuenta dónde acaban los vasos al final con “las prisas”: en mitad del monte junto a los envoltorios de las barritas y las cáscaras de plátano, y en esta prueba como desgraciadamente en todas, aún se ve mucho cerdo. En la bolsa del corredor venían dos barritas y dos geles de Ettix (más las provisiones que cada uno debería traer de casa por si hay una emergencia energética), así que a muchos no nos faltó de nada.

QUEDAN 65 KM Y YA VAMOS “CALIENTES”

En teoría ya habíamos pasado la subida más dura, siempre en teoría… La bajada, muy rápida (por encima de 66 km/h de máxima), prácticamente todo pista, sin tramos donde poder dar rienda suelta a la técnica, solo curvas resbaladizas donde intentar no irse al suelo con la velocidad. Era una ruta pistera y estábamos avisados. Una vez habíamos bajado a Villavieja de Lozoya (donde había otro avituallamiento con isotónica y fruta), comienza de nuevo la subida, con algo de pereza. Subida más larga que la primera (20 km hasta su final) pero más llevadera, con algún tramo de bajada entre medias y zonas donde poder soltar un poco la musculatura. Momentos de soledad, sin participantes por delante o por detrás. ¿Me habré equivocado de camino? No, eso era muy difícil porque estaban perfectamente señalizados, lo que ocurría es que a esas alturas los grupos ya iban muy estirados. El kilometraje… ¡ay el kilometraje! Todos llevábamos el perfil de la ruta en nuestro manillar, con los puntos kilométricos “claves”, aunque llegado cierto punto (el km 40) no coincidía con nuestro perfil… con 3 km de diferencia, que hacían que acertar en qué punto exacto del recorrido estabas fuese una quiniela. Justo después de recibir este duro golpe psicológico, un pilón junto al camino, con un chorro de agua bendita cayendo de su tubo. A llenar el bote se ha dicho, la parada viene de lujo. Y como los humanos somos como somos, según para el primero, los que vienen por detrás se animan. La pista empieza a quebrarse entre las rocas que van aflorando, haciendo más divertido pedalear. Yo me lo paso genial acelerando la Trek Procaliber SL, haciendo trabajar al Isospeed que me hace esta zona un poco más cómoda. Son los últimos kilómetros hasta coronar en Peña Quemada, el techo de la ruta, precioso, de lo mejor de todo el recorrido. Zona de picachos de roca, paisaje abierto y viento más fuerte y con una altitud de casi 1800 m. Las vistas merecen la pena. Una lástima que los participantes de la ruta corta no hayan subido hasta aquí. “Desde aquí todo bajada, un poco de llano y un repecho”. Eso nos decían en el avituallamiento líquido, aunque tengo por costumbre no creerme nada de lo que me dicen en los avituallamientos, nunca es lo que esperas. 

La bajada, o lo que parecía bajada sobre el plano, al final resulta ser un falso llano hacia abajo que también obliga a dar muchos pedales para no perder velocidad. Llegamos a la Acebeda, donde hay un último avituallamiento con más fruta e isotónica. Y tras él, zona rompepiernas, lo que llamaban “solo un repecho” al final era una sucesión de pequeñas subidas con dos repechos muy duros y pequeñas bajadas entre ellos. La última de esas rampas… una fosa común a estas alturas, con unos 68 km y más de 4 h en las patas. Ya se veía el reguero de participantes bajados de la bici empujando hacia arriba. ¡Venga que lo haces montado! Y efectivamente, el tramo más duro lo hice, pero el apretón se saldó con los cuádriceps a punto de hacer “catacrocker”, así que pie a tierra a estirar antes del calambrón y de paso, a hacer unas fotos.

Estamos en el kilómetro 70 (más o menos, entre mis quinielas y lo que marca el perfil). Ahora quedan ¡10 km! de bajada hasta la meta… no me lo creo, seguro que tiene que haber una encerrona entre medias. Pues no, créetelo, excepto algún pequeño tramo de pocos metros y el medio kilómetro previo a la meta en Buitrago, es todo todo bajada. Tramos rápidos, una pista de despegue (con picos de 65 km/h, y porque el 1x11 no da para más), zona de curveo hacia el final, donde empiezas a coincidir con los participantes que están acabando la ruta de Medio Fondo. Y al llegar, avituallamiento final con ensalada de pasta, palmeritas, sandía y refrescos (sí, tas 4 horas y pico de comer/beber dulce, yo también hubiera preferido una buena cerveza, pero tocaba conducir después). Y antes de irme, un niño que ha corrido la Medio Fondo pidiéndole a Luis Muñoz, de Marketing de Trek, que ¡por favor, la repitan el año que viene!, y si la repiten se apunta a la larga. Estupendo, creo que no soy el único que está contento. 

 

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